miércoles, 24 de agosto de 2011

(El hombre cinético.)

collage de Paco Marcos
Nunca nosotros hemos de profesar un culto desmedido a las actividades cinéticas, convencidos de que estas se nos darán por añadidura, mientras no logremos sustraernos al universo físico del que formamos parte. Ni el trabajo por el trabajo, ni el juego por el juego, ni la lucha por la lucha misma, que son maneras de rendir un homenaje - realmente superfluo - al movimiento. La gracia está en pararse a ver, a contemplar, a meditar, en consagrarse un poco a las actividades quietistas. Quiero decir con esto que no pretendo educaros para hombres de acción, que son hombres de movimiento, porque abundan demasiado. El mundo occidental padece plétora de ellos, y es su exceso, precisamente - no su existencia -, lo que trae al mundo entero de cabeza.

de Juan de Mairena II, Antonio Machado

jueves, 11 de agosto de 2011

LA CARTA CONTINÚA...

... os escribo desde la ciudad del Tiempo interrumpido. La catástrofe lenta no se consuma. Nuestra vida transcurre, nuestra vida mengua y seguimos aguardando "el momento que allana el muro."

    La vieja desavenencia une al hermano con el hermano. En el cerco del frío todo el mundo encerrado. Quienes poseían, poseen sin poseer ya. Cada cual es pobre de por sí, sin ocupar ni siquiera su cama. Preocupación la ocupa.

   Cunde el desorden. Los oidos apoyan la unificación del Universo, pero los brazos están a favor de aplastarlo y el letargo de dejarlo hacer.

   Ya no pesa el hierro. Se encuentra a sí mismo en la estratosfera, sólido, rápido, acostumbrado al mal. Pero el pensamiento pesa. Nunca pesó tanto.

   Ha mentido el proverbio "a nadie hiere dos veces la misma flecha". ¿Cómo? No dos veces. Dos mil veces dos y sigue hiriendo, afiladísima. Sometida al pensamiento nunca apagado, la frente arde. No se ha podido preparar el bálsamo del olvido...

  Quienes hablan ahuecan la voz, pero también ahuecan la verdad. La jauría se ha lanzado por una vasta región. Una jauría no quiere sino correr, pero, ¿quién quiere ser acosado? La jauría, entre grandes aullidos, se ha dispersado...
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  Os escribo desde los países de lo atroz, os escribo desde la Capital de la muchedumbre dormida. Vivimos con indiferencia sumidos en el horror. Llamamos al fin y viene el de la nivelación...Las formas nobles ya no se muestran. Vemos los cuellos estirados para inclinarse. La paz está avergonzada...

  Sabedlo también: ya no disponemos de nuestras palabras. han retrocedido en nosotros. A la verdad, vive, vaga entre nosotros EL ROSTRO DE BOCA PERDIDA.

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  A veces, con gran fragor, nuestras casas de pisos de polvo a la calle se vierten. Los funcionarios de la carrera de la muerte siguen siendo innumerables.

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  Dejo aquí de escribir. No, no mandéis un organizador para las fiestas. No, todavía no es momento.

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  Nos hemos quedado sentados en el brocal del pozo abandonado. Todo era color chatarra y viga ahumada y color de cansancio profundo.
  Triángulos de pájaros rígidos surcaban el cielo con gran estrépito.
  Desesperanza como la lluvia, y ¿hasta cuando seguirá cayendo?
  Viejecillo cogotudo, que quiere dominar, que deja matar, zurrado y contento, sujetaba una muñeca.
  El tiempo transcurría, respuesta evasiva, los años llevados de la correa, entre los dedos de los traidores.
  Nos hemos mirado en silencio.
  Nos hemos mirado con la seriedad precoz de los hijos de ciego.
                                              

Henri Michaux  
Adversidades, exorcismos
                                                  
                                                    

domingo, 7 de agosto de 2011

LA CARTA, de Henri Michaux


   Os escribo desde un país en otro tiempo claro. Os escribo desde el país del manto y de la sombra. Vivimos desde hace años, vivimos en la Torre del pabellón a media asta. ¡Ah, verano! ¡Verano envenenado! Y desde entonces se prolonga el mismo día, el día del recuerdo incrustado...
   El pez pescado piensa en el agua todo lo que puede. Todo lo que puede, ¿no es lo natural? En lo alto de una ladera nos asestan una lanzada. Eso cambia la vida entera. Un instante echa abajo la puerta del Templo.
   Nos consultamos. Ya no sabemos. Nadie sabe más que el otro. Aquél está enloquecido. El otro confundido. Todos desconcertados. Ha desaparecido la calma. La sabiduría no dura ni el tiempo de una inspiración. Decidme: ¿quién, si recibe tres flechazos en la mejilla, se presentará con aire desenvuelto?
   La muerte se apoderó de algunos. La cárcel, el exilio, el hambre, la miseria se encargaron de los demás. Grandes sables de escalofrío nos atravesaron, y después nos atravesaron lo abyecto y lo taimado.
   ¿Quién en nuestra tierra, recibe todavía el beso de la alegría hasta el fondo del corazón?
    La unión del yo con el vino es un poema. La unión del yo con la mujer es un poema. La unión del cielo con la tierra es un poema. Pero el poema que oímos nos ha paralizado el entendimiento. Agobiados por la pena, no hemos podido entonar nuestro canto. El arte de huella de jade se para. Pasan las nubes, las nubes con perfil de roca, las nubes con perfil de melocotón, y nosotros pasamos, semejantes a nubes, atiborrados de las vanas potencias del dolor.
   Ya no nos gusta el día. Aúlla. Ya no nos gusta la noche, atormentada por las preocupaciones. Mil voces donde hundirse. Ninguna en la que apoyarse. Se cansa la piel de nuestra cara pálida.
   Grande es el acontecimiento. Grande también la noche, pero ¿qué puedo hacer? Mil astros nocturnos no iluminan ni un solo lecho. Quienes sabían ya no saben. Saltan con el tren, ruedan con la rueda.
   "¿Preservarse uno mismo en lo propio?" ¡Ni por pienso! No existe casa solitaria en la isla de los loros. En la caída se ha evidenciado la perversidad.       Lo puro no es puro. Muestra su lado obstinado, rencoroso. Algunos se manifiestan mediante gañidos. Otros se manifiestan en lo esquivo. Pero la grandeza no se manifiesta.
   El ardor en secreto, el adiós a la verdad, el silencio de la losa, el grito del apuñalado, la conjunción del reposo helado y de los sentimientos que abrasan ha sido nuestra conjunción, y el camino del perro perplejo, nuestro camino.
   No nos hemos reconocido en el silencio, no nos hemos reconocido en los aullidos, ni en nuestras cavernas, ni en los gestos de los extranjeros. En torno a nosotros, los campos indiferentes y el cielo sin intenciones.
   Nos hemos mirado en el espejo de la muerte. Nos hemos mirado en el espejo del sello escarnecido, de la sangre que mana, del impulso decapitado, en el espejo tiznado de las vejaciones.
    Hemos regresado a las fuentes glaucas.

Henri Michaux     Adversidades, exorcismos.

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