El pueblo chino entiende de normas y etiqueta, una de las máximas más importantes del confucianismo reza: "Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos." Maravillosa e inteligente idea que evitaría gran cantidad de problemas. Cerca de casa hay un bar al que he bajado a tomar un aperitivo, es una esquina donde el sol reparte generosamente en invierno sus beneficiosos rayos, sólo hay un pequeño obstáculo, el camarero de mesa es un señor muy primario con una sospechosa propensión a la carcajada. Una familia china, moderna y jovial, ha ocupado una mesa frente a mí para disfrutar del sol. El camarero se ha acercado para preguntarles que iban a tomar (el sol es gratis y además no es español, nace en un imperio lejano de cuyo nombre no quiero acordarme); en la medida que estaban sentados en una mesa del bar, el señor les ha ultimado a que se levantaran si no consumían y ha comenzado a colocar las sillas en batería, casi sin darles tiempo a levantarse. La familia feliz se ha ido sin levantar polvo, con una resignación alegre y desenfadada. Mientras se alejaban el camarero ha proferido unas frases ininteligibles: "Hombre, que no somos chinos, pero tontos tampoco.", o esta aún más críptica, " Y el cabrón de Zapatero decía que España iba bien." Sea como fuere, al cabo, la familia ha vuelto con unos amigos y se han sentado, esta vez sí, con la sana intención de tomar un aperitivo y hasta unas pingües bandejas de pescaíto frito. Me ha dado vergüenza, como si yo fuese el camarero, a veces me suceden raros trasvases de personalidad; he pensado que mañana, voy a ir con mi novia a un restaurante del sol naciente y después de cenar fregaré los platos para compensar, por el efecto mariposa, la torpeza del rudimentario camarero cordobés.
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