domingo, 20 de enero de 2013

MUCHO / recuerdo de A.García Calvo

     Y tampoco tienen por qué ser de uno los recuerdos que a uno le reviven y lo reviven, estos granos de rosario que aquí trato de estrujar uno por uno a ver si estallan en rosas verdaderas,
     de una primavera no vivida nunca en fechas de una vida y que por eso sigue tal vez estando ahí viva, encerrada en su cáscara, y dispuesta, si acierto con unas cuantas palabras a desgarrársela,
     a desplegarse en un caudal de olor desconocido que me embriague; no: también a veces se lo oye a uno contar a otro (o hasta lo lee en su escrito) y, por algún temblor de la voz o de la letra),
     lo reconoce como verdadero, y le penetra, y se apropia de aquel recuerdo ajeno como si hubiera sido él mismo (¿qué más da?: la verdad ¿no es lo común?) quien viviera el trance recordado;
     como me pasa a mí, por ejemplo, con algo que me contó, una noche de hace muchos años, mi viejo amigo N.; que no quiero llamarlo para testigo (acaso él mismo se acuerda peor que yo de aquello,
     y no pueden valer en esto verificaciones judiciales ni científicas), sino repetir aquí sus palabras tales cuales me han venido resonando desde entonces; que decían y dicen de este modo:
     "Se estaba muriendo ella, mi primera mujer, con la que había vivido tantos años de nuestra pobre juventud, que se había dejado atrapar por ese mal que cada vez se sabe menos lo que es,
     pero que mata con el nombre, y en aquel entonces mucho más seguro; bueno, pues que se había dejado y se moría, allá en Montreal del Canadá, donde la habían llevado sus últimos destinos,
     y que yo apenas comunicaba con ella de tarde en tarde, pero lo supe, me trajo alguien la noticia de eso, y me entró la duda de si debía ir a verla, si a ella podría o no servirle para algo,
     y la duda me daba vuelta día tras día, que hasta llamé a su hermana, que había ido, y le pregunté si creía que a ella le gustaría verme caer allí, y que me dijo `Pues sí, yo creo, claro',
     y, aunque no lo veía yo tan claro, y con la poca gracia que me hace, como tú sabes, meterme en aerobús, el caso es que al fin allá me fui como un hombrecito, cruzando mapa, a Montreal se ha dicho,
     y del aeropuerto, medio tonto de tanto cielo, al Hospital derecho; y allí me encontré en su camita larga, desvanecida, consumida, más pálida que la sábana, el pelo deshilachado,
     los ojos a medio cerrar, amoratados, sin fuerzas ya para respirar más que un rehilo, rodeada del hombre de sus últimos años y la hija y el hijo de él, que no los conocía yo más que de oídas;
     que, después de unos gestos de cabeza de reconocimiento y de saludo y de que no, que aquello se acababa, tuvieron a bien retirarse a los pasillos y dejarme un poco con ella solo;
     y yo, con mucha incertidumbre, porque dudaba si podía ella todavía sentir algo, le puse la mano encima de la suya abandonada sobre la sábana, y ella entonces abrió un poco los ojos,
     con tanto que debían los párpados de pesarle, y me miró, y ví que me veía, y algo como un asomo de sonrisa se le dibujó en los pálidos labios resquebrajados; que yo aproveché aquel momento,
     y le pregunté, a media voz, marcando bien las sílabas, que oyera o que viera la pregunta `¿Te alegra que haya venido?´, y ella, con un hilito de voz que le quedaba, me dijo, `Mucho´;
     que entonces a mí, al oirlo (porque fíjate que podía haber hecho simplemente un gestecillo o, lo más, decirme `sí´, pero reunió sus últimas fuerzas para decirme `Mucho´ con sus dos sílabas),
     pues que se me saltaron las lágrimas a traición, y que me entró un arrebato de amor repentino, como nunca, que por poco me habría metido entre aquellas sábanas de hospital con ella."
    Así me lo contó el viejo N., y a mí su cuento y su declaración final ( que no era él nada sentimental ni tierno de ordinario) y aquel juego de la diferencia entre `Sí´y `Mucho´,
    yo creo que, de momento, me dejó un tanto confuso, y hasta un poco como repelido, con ganas casi de decir "¡Qué tontería!" y librarme de ello; pero luego, al recordarlo en el silencio,
    también a mí me hizo empañárseme de un amago de lágrimas las cuencas de los ojos, y desde entonces, cada vez que me vuelve aquel recuerdo, y ya mío, y me toma a sorpresa, sin defensas,
    vuelven estos ojos, tan demasiado secos y avizores en los tratos ordinarios, a sentir un cosquilleo de lágrimas subirles de lo hondo y con él revelarme algo de lo que no sé ni lo sabré nunca:
    porque es que ¿qué son las medidas de fuerza y la cháchara que derrochamos? Cuando el aliento, al agotarse, dice la verdad, hay tanta diferencia de 2 sílabas a una, de `Sí´ a `Mucho´...


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