lunes, 9 de febrero de 2015

LA SECTA DE LA COMPRA


   Están por toda la ciudad. Entran y salen continuamente de los establecimientos de alimentación de la mañana a la noche. No tienen días festivos. Entran con las manos vacías y salen con una o dos bolsas repletas de esos alimentos, o con un gran carro repleto de bolsas repletas de alimentos que introducen en la parte trasera de sus vehículos hasta que no queda un solo hueco. En esa ceremonia de la repleción se inclinan levemente poniendo las vértebras lumbares en un ángulo aproximado de veinticinco centímetros. El peso de las bolsas parece resignarles a repetir a diario esta extraña peregrinación. Son discretos y se dice que dentro de los supermercados más grandes se forman enormes colas en unos altares numerados donde una señorita oficiante les entrega una hojita parroquial, con la oración bien detallada, después de haber aportado cada uno su donativo. Son alimentos divinos, los miembros de la secta, ojipláticos, observan detenidamente todas sus propiedades y quedan abducidos por la cantidad de grasas polisaturadas que contienen, o por el color rojizo y brillante de un simple pimiento. A veces, entre ellos, se miran con cierta desconfianza aunque sean de la misma secta, pero luego sonríen, y cuando salen al aire libre miran al cielo y respiran hondo. Gracias a su dios están a salvo.


Colaje de Francisco Marcos




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