TIEMPO DE GUERRAS PERDIDAS (II), de Caballero Bonald

En aquella época apenas si se festejaban tales ceremonias religiosas. A diferencia de lo que ahora ocurre - todo ese ridículo elenco de banquetes y majaderías anexas-, la celebración se reducía entonces discretamente a un privado acto devoto y un desayuno en el ámbito familiar. De modo que, una vez terminada la función en la capilla de los Marianistas, nos fuimos a casa a tomar chocolate con bizcochos. Aparte de mis hermanos Rafael y María Julia, estaban allí los primos Rafael y Leonor, que eran los que tenían más o menos mi edad. La excitación fue subiendo ostensiblemente de tono y lo que prometía ser un ameno regocijo terminó en batalla campal. Todo empezó cuando el primo Rafael se mofó repetidas veces de mi irrisoria facha de angelito, a lo que yo contesté volcándole una taza de chocolate por encima. A partir de ahí hubo toda clase de refriegas, empleo de armas arrojadizas y persecuciones varias, sólo interrumpidas cuando la algazara alertó a toda la familia y se impuso severamente la terminación del desayuno, la dispersión de los comensales y, en consecuencia, el final de toda aquella malograda celebración.
Si señor, una comunión envidiable, no como las repolleces, con lista de regalos, actuales.
ResponderEliminarSalud.