Por un lamentable error de
imprenta, nuestra especie aparece clasificada en la obra como la última de la
tierra, cuando debería ser la primera del cielo. Sabido es que el olfato de las
ratas ha librado al hombre de grandes desastres como en aquella ocasión del
incendio de Roma donde mucha gente huyó de la ciudad siguiendo nuestros pasos. También
queríamos decir que el hecho de que haya gente que se lleva los dineros del
erario público, o que no se lave y esas cosas, no es culpa nuestra, que no hay
derecho que se ensucie así nuestro nombre por culpa de unos cuantos desaprensivos
sueltos, que son la peste de la humanidad, que todo el mundo se acuerda de aquellos
años que la peste bubónica devoró Europa y nadie dice nada de las ratas de
laboratorio, gracias a las cuáles ahora ustedes pueden disfrutar de los avances
en medicina y cosmética, aparte que el genoma nuestro de 42 cromosomas ya puede
verse en los escaparates de las clínicas, junto con unos primeros planos
enormes de unos profesionales guapísimos, como si fuera una tirolina de gominola
enrollá, y va a servir para un montón de utilidades. Y por último, no podíamos
volvernos al alcantarillado sin desmentir de una vez por todas esa historia
infame del flautista de Hamelin según la cuala, este señor nos engañó con una
cancioncilla estúpida y nos fuímos todas de rondón detrás de él para ahogarnos
en un charco gigante de la ciudad de Amberes o donde fuese: eso es una patraña
como tantas que tiene la historia, y las personas bienintencionadas se la creen
antes de subirse a una silla con el canguelo de vernos pasar por la cocina. Y
otra cosa; lo del parálisis del elefante, semejante bicho, delante nuestra, es
verdad. Nosotras tenemos un enemigo poderosísimo que bueno, a ti te lo voy a
decir.
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