SÓLO PARA FUMADORES / 4ª entrega
¡Ay mísero de mí, ay infeliz! Yo pensaba que mi relación con el
tabaco estaba definitivamente concertada y que en adelante mi vida
transcurriría en la amable, fácil, fidelísima y hasta entonces inocua
compañía del Lucky. No sabía que me iba a ir del Perú y que me esperaba
una existencia errante en la cual el cigarrillo, su privación o su
abundancia, jalonarían mis días de gratificaciones y desastres.
Mi viaje en barco a Europa fue un verdadero sueño para un
tabaquista como yo, no solo porque podía comprar en puertos libres o a
marineros contrabandistas cigarrillos a precios regalados, sino porque
nuevos escenarios dotaron al hecho de fumar de un marco privilegiado.
Verdaderos cromos, por decirlo así: fumar apoyado en la borda del
trasatlántico mirando los peces voladores del Caribe o hacerlo de noche
en el bar de segunda jugando una encarnizada partida de dados con una
banda de pasajeros mafiosos. Era lindo, lo reconozco. Pero al llegar a
España las cosas cambiaron. La beca que tenía era pobrísima y después de
pagar el cuarto, la comida y el trolebús no me quedaba casi una peseta.
¡Adiós Lucky! Tuve que adaptarme al rubio español, algo rudo y
demoledor, que por algo llevaba el nombre de Bisonte. Por fortuna
estábamos en tierra ibérica y la pobre España franquista se las había
arreglado para hacerle la vida menos dura a los fumadores menesterosos.
En cada esquina había un viejo o una vieja que vendían en canastillas
cigarrillos al detalle. A la vuelta de mi pensión montaba guardia un
mutilado de la guerra civil al que le compraba cada día uno o varios
cigarrillos, según mis disponibilidades. La primera vez que estas se
agotaron me armé de valor y me acerqué a él para pedirle un cigarrillo
fiado. "No faltaba más, vamos, los que quiera. Me los pagará cuando
pueda". Estuve a punto de besar al pobre viejo. Fue el único lugar del
mundo donde fumé al fiado.
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