SÓLO PARA FUMADORES / 5ª entrega
Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero
es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí
han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el
Dostoiewsky, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo? La
primera referencia literaria al tabaco que conozco data del siglo XVII y
figura en el Don Juan de Moliere. La obra arranca con esta frase: "Diga
lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al
tabaco... Quien vive sin tabaco, no merece vivir". Ignoro si Moliere era
fumador -si bien en esa época el tabaco se aspiraba por la nariz o se
mascaba-, pero esa frase me ha parecido siempre precursora y profunda,
digna de ser tomada como divisa por los fumadores. Los grandes novelistas
del siglo XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi- ignoraron por completo el
problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de personajes, por lo
que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para encontrar
referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX. En La montaña
mágica, Thomas Mann pone en labios de su héroe, Hans Castorp, estas
palabras: "No comprendo cómo se puede vivir sin fumar... Cuando me
despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como
tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar...
Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día
absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme
hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme". La
observación me parece muy penetrante y revela que Thomas Mann debió
ser un fumador encarnizado, lo que no le impidió vivir hasta los ochenta
años. Pero el único escritor que ha tratado el tema del cigarrillo
extensamente, con una agudeza y un humor insuperables, es Italo Svevo,
quien le dedica treinta páginas magistrales en su novela La conciencia de
Zeno. Después de él no veo nada digno de citarse, salvo una frase en el
diario de André Gide, que también murió octogenario y fumando:
"Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar".
El mutilado español que me fiaba cigarrillos fue un santo varón y
una figura celestial que no encontraré más en mi vida. Estaba ya
entonces en París y allí las cosas se pusieron color de hormiga. No al
comienzo, pues cuando llegué disponía de medios para mantener
adecuadamente mi vicio y hasta para adornarlo. Las surtidas tabaquerías
francesas me permitieron explorar los dominios inglés, alemán, holandés,
en su gama rubia más refinada, con la intención de encontrar, gracias a
comparaciones y correlaciones, el cigarrillo perfecto. Pero a medida que
avanzaba en estas pesquisas mis recursos fueron disminuyendo a tal
punto que no me quedó más remedio que contentarme con el ordinario
tabaco francés. Mi vida se volvió azul, pues azules eran los paquetes de
Gauloises y de Gitanes. Era tabaco negro además, de modo que mi
caída fue doblemente infamante. Ya para entonces el fumar se había
infiltrado en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno -salvo el
dormir- podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto
llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una
carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta
conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla.
Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver
el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido:
primero el cigarrillo y después la apertura del sobre y la lectura de la
carta. Estaba pues instalado en plena insania y maduro ya para peores
concesiones y bajezas.
J.R.Ribeyro
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