Cuando me expulsaron del paraíso estaba en el cuarto de baño. Desde entonces, cuando vuelvo por las razones normales que uds también tan bien conocen, lo hago de esta guisa: descalzo, con vaqueros y sin camiseta alguna en verano, con un reloj de pulsera en la muñeca izquierda, unas gafas de lectura colgadas al cuello, y el móvil.No suelo tener problemas de regularidad en el tránsito de las sagradas escrituras y aprovecho, si el momento se demora, para leer algún insidioso artículo de opinión, con objeto de desentrañar los mecanismos mentales del autor, sujeto la mayoría de las veces a una dependencia canina de la ideología. Al cabo, con un poco de suerte, percibo que mi presencia en el paraíso perdido del excusado no tiene sentido, y puesto que no hay manzanas, ni serpiente, ni Eva, procedo al aseo con agua limpia y gel íntimo (sí, han leído bien) de la zona interfecta y vuelvo al infierno del que, por libidinoso, nunca debí salir. La libertad le da pie a uno a contar las cosas con franqueza, y ese tradicional apego cervantino a esconder lo humano para que asome un poco lo divino. Temo, sinceramente, no haberlo conseguido, pero al menos aligeré el fardo combustible de la cotidianidad.

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