SÓLO PARA FUMADORES / 6ª entrega
Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses -y en
consecuencia leer mis cartas-, y tuve que cometer un acto vil: vender mis
libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería,
aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que
habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido
dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos
libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas,
subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje
literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en
comenzar. Un día me dije: "Este Valéry vale quizás un cartón de rubios
americanos", en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó
me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice
de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de
Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más
que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse
muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de
Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar
durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación
fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares
de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el
coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español,
y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. "Aquí
no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso". Fue lo
que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama
encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían
hecho literalmente humo.
Días más tarde erraba desesperadamente por los cafés del barrio latino
en busca de un cigarrillo. Había comenzado el verano, cruel verano. Todos
mis amigos o conocidos, por pobres que fuesen, habían abandonado la
ciudad en auto-stop, en bicicleta o como sea rumbo a la campiña o a
las playas del sur. París me parecía poblado de marcianos. Al llegar la
noche, con apenas un café en el estómago y sin fumar, estaba al borde
de la paranoia. Una vez más recorrí el boulevard Saint-Germain,
empezando por el Museo Cluny, en dirección a la Plaza de la Concordia.
Pero en lugar de inspeccionar las terrazas atestadas de turistas, mis ojos
tendían a barrer el suelo. ¡Quién sabe! A lo mejor podía encontrar un
billete caído, una moneda. O una colilla. Vi algunas, pero estaban
aplastadas o mojadas, o pasaba en ese momento gente y un resto de
dignidad me impedía recogerlas. Cerca de media noche estaba en la
Plaza de la Concordia, al pie del obelisco, cuya espigada figura no tenía
para mí otro simbolismo que el de un gigantesco cigarro. Dudaba entre
seguir mi ronda hacia los grandes boulevares o si regresar derrotado a mi
hotelito de la rue De la Harpe. Me aventuré por la rue Royal y del
Maxim’s vi salir a un caballero elegante que encendía un cigarrillo en la
calzada y despachaba al portero en busca de un taxi. Sin vacilar me
acerqué a él y en mi francés más correcto le dije: "¿Sería usted tan amable
de invitarme un cigarrillo?". El caballero dio un paso atrás horrorizado,
como si algún execrable monstruo nocturno irrumpiera en el orden de su
existencia y pidiendo auxilio al portero me esquivó y desapareció en el
taxi que llegaba.
Un flujo de sangre me remontó a la cabeza, al punto que temí caerme
desplomado. Como un sonámbulo volví sobre mis pasos, crucé la plaza, el
puente, llegué a los malecones del Sena. Apoyado en la baranda miré las
aguas oscuras del río y lloré copiosa, silenciosamente, de rabia, de
vergüenza, como una mujer cualquiera.
Este incidente me marcó tan profundamente, que a raíz de él tomé
una determinación irrevocable: no ponerme nunca más, pero nunca
más, en esa situación de indigencia que me forzara a pedirle cigarrillos a
un desconocido. Nunca más. En adelante debía ganar mi tabaco con el
sudor de mi frente. Sabía que estaba viviendo un período de prueba y
que vendrían mejores tiempos, pero por el momento me lancé como un
lobo sobre la menor ocasión de trabajo que se me presentó, por duro o
de ramassage de vieux jorneaux y me convertí en un recolector de papel
de periódico.
Fue el primer trabajo físico que realicé y uno de los más fatigosos,
pero también uno de los más exaltantes, pues me permitió conocer no solo
los pliegues más recónditos de París, sino aquellos más secretos de la
naturaleza humana. A cada cual nos daban un triciclo y una calle y uno
debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edificio en edificio, de piso
en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los "pobres
estudiantes", hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con
lluvia, por calles planas o calles empinadas. Conocí barrios lujosos y
barrios populares, entré a palacetes y buhardillas, me tropecé con
porteras hórridas que me expulsaron como a un mendigo, viejitas que a
falta de periódicos me regalaron un franco, burgueses que me tiraron las
puertas en las narices, solitarios que me retuvieron para que compartiera
su triste pitanza, solteronas en celo que esbozaron gestos equívocos e
iluminados que me propusieron fórmulas de salvación espiritual.
Sea como fuese, en diez o más horas de trabajo lograba reunir el
papel suficiente para pagar cotidianamente hotel, comida y cigarrillos.
Fueron los más éticos que fumé, pues los conquisté echando el bofe, y
también los más patéticos, ya que no había nada más peligroso que
encender y fumar un pitillo cuando descendía una cuesta embalado con
trescientos kilos de periódicos en el triciclo.
Por desgracia, este trabajo duró solo unos meses. Quedé
nuevamente al garete, pero fiel a mi propósito de no mendigar más un
cigarrillo me los gané trabajando como conserje de un hotelucho,
cargador de estación ferroviaria, repartidor de volantes, pegador de afiches
y finalmente cocinero ocasional en casa de amigos y conocidos.
Julio Ramón Ribeyro
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