SÓLO PARA FUMADORES / 7ª entrega
Fue en esa época que conocí a Panchito y pude disfrutar durante un
tiempo de los cigarrillos más largos que había visto en mi vida,
gracias al amigo más pequeño que he tenido. Panchito era un
enano y fumaba Pall Mall. Que fuera un enano me parece quizás
exagerado, pues siempre tuve la impresión de que crecía conforme lo
frecuentaba. Lo cierto es que lo conocí desnudo como un gusano y en
circunstancias melodramáticas. Un amigo me invitó a cocinar a su
estudio y cuando llegué encontré la puerta entreabierta y en la cama
un bulto cubierto con las sábanas. Pensé que era mi amigo que se había
quedado dormido y para hacerle una broma jalé las sábanas de un
tirón gritando "¡Police!". Para mi sorpresa, quien quedó al descubierto
fue un cholo calato, lampiño y minúsculo que, dando un salto agilísimo,
se puso de pie y quedó mirándome aterrado con su carota de caballo.
Cuando lo vi desviar la vista hacia el cortapapel toledano que había en
la mesa de noche fui yo el que me asusté, pues un hombre calato, por
indefenso que parezca, se vuelve peligroso si se arma de un punzón.
"¡Soy amigo de Carlos!", exclamé. A buena hora. El hombrecito
sonrió, se cubrió con una bata y me estiró la mano, justo cuando llegaba
Carlos con la bolsa de provisiones. Carlos me lo presentó como a un
viejo pata que había alojado por esa noche mientras encontraba un
hotel. Panchito entretanto había sacado de bajo la cama dos
voluminosas maletas. Una desbordaba de ropa muy fina y la otra de
botellas de whisky y de cartones de una marca de cigarrillos
desconocida entonces en Francia: Pall Mall. Cuando me estiró el
primer paquete de los primeros king size que veía me di cuenta de
que Panchito era menos pequeño de lo que suponía.
A partir de ese día Panchito, yo y los Pall Mall formamos un trío
inseparable. Panchito me adoptó como su acompañante, lo que equivalía
a haberme extendido un contrato de trabajo que asumí con una
responsabilidad profesional. Mi función consistía en estar con él.
Caminábamos por el barrio Latino, tomábamos copetines en las
terrazas de los cafés, comíamos juntos, jugábamos una que otra partida de
billar, rara vez entrábamos a un cine, pero sobre todo conversábamos a
lo largo del día y parte de la noche. Él corría con todos los gastos y al
despedirse me dejaba algunos billetes en la mano e, invariablemente, una
cajetilla de Pall Mall.
A pesar de tan estrecho contacto, yo no sabía realmente quién era
Panchito y a qué se dedicaba. De mis largas conversaciones con él
saqué en limpio muchas cosas pero no las suficientes como para
adquirir una certeza. Sabía que su infancia en Lima fue pobrísima; que de
joven dejó el Perú para recorrer casi toda América Latina; que le
encantaba vestirse bien, con chaleco, sombrero, zapatos Weston de tacos
muy altos (por lo cual la primera vez que salimos juntos me pareció que
había dado un pequeño estirón); que el oro lo fascinaba, pues eran de oro
su reloj, su lapicero, sus gemelos, su encendedor, su anillo con rubí y sus
prendedores de corbata; que odiaba a las fuerzas del orden y hacía lo
indecible para volverse transparente cada vez que pasaba un policía; que el
fajo de billetes que llevaba en el bolsillo de su pantalón era
aparentemente inagotable; que a medianoche desaparecía en las sombras
con rumbo desconocido, sin que nadie supiese dónde se albergaba.
Con el tiempo algunos de mis amigos lo conocieron y formaron en
torno de él un cortejo de artistas mendicantes que habían encontrado
amparo en un enigmático cholo peruano. A Panchito le encantaba estar
rodeado por estos cinco o seis blanquitos miraflorinos, hijos de esa
burguesía peruana que lo había menospreciado, y a los que daba de
comer, de beber y de vivir, como si encontrara un placer aberrante en
devolver con dádivas lo que había recibido en humillaciones. A Santiago
le pagó sus cursos de violín, a Luis le consiguió un taller para que
pintara, y a Pedro le financió la edición de una plaqueta de poemas
invendible. Panchito era así, entre otras cosas un mecenas, pero que no
aceptaba nada de vuelta, ni las gracias.
Uno de los últimos recuerdos que guardo de él, antes de su
desaparición definitiva, ocurrió una noche invernal, eléctrica y viciosa.
Pasada la medianoche quedábamos Panchito, Santiago y yo tomando el
vino del estribo en el mostrador del Relais de l'Odeon. Cerraban el bar,
éramos los últimos clientes, los mozos ponían las sillas sobre las mesas y
barrían las baldosas. En el espejo del bar vimos tres siluetas inmóviles
en la calzada: tres árabes cubiertos con espesos abrigos negros. Santiago
nos contó entonces que días atrás, en ese mismo bar, un árabe había
intentado manosear a una francesa y que él, movido por un sentimiento
incauto de justiciero latino, salió en su defensa y se lió a puñetazos con el
musulmán, poniéndolo en fuga luego de romperle una silla en la cabeza,
dentro de la mejor tradición de los westerns. Puesto que de films se trata,
estábamos viviendo ahora un film policial, ya que, según Santiago, uno
de los tres árabes que estaban en la calzada era aquel al que derrotó y
que se alejó jurando venganza. Pues ahora estaba allí, en esa noche
solitaria e inclemente, acompañado por dos secuaces, esperando que
saliéramos del bar para cumplir su vendetta. ¿Qué hacer? Santiago era
alto, ágil y buen peleador, pero yo un intelectual esmirriado y Panchito un
peruano bajito con sombrero y chaleco. ¿Cómo enfrentarse a esos tres
hijos de Alá, armados posiblemente de corvas navajas? "Salgamos
tranquilamente", dijo Panchito. Fue lo que hicimos y nos encaminamos
por el centro de la pista desierta y lóbrega hacia la rue De Buci. A los
cincuenta metros volvimos la cabeza y vimos que los tres árabes, con las
manos en los bolsillos de sus abrigos peludos, aceleraban el paso y se
acercaban. "Sigan no más ustedes", dijo Panchito, "yo les doy el alcance
después". Santiago y yo continuamos nuestro camino y un trecho más
allá nos detuvimos para ver qué pasaba. Vimos entonces que Panchito, de
espaldas a nosotros, parlamentaba con los tres musulmanes que, a su
lado, parecían tres sombrías montañas. En la mano de uno de ellos
refulgió un cuchillo pero, lejos de amedrentarse, Panchito avanzó y sus
contrincantes dieron un paso atrás y luego otro y otro, a medida que se
iban empequeñeciendo y Panchito agrandando, hasta que al fin se
esfumaron en la oscuridad y desaparecieron. Panchito volvió
calmadamente hacia nosotros, encendiendo en el trayecto uno de sus
larguísimos Pall Mall. "Asunto arreglado", dijo echándose a reír. "Pero, ¿qué has hecho?", le preguntó Santiago. "Nada", dijo Panchito y al poco
rato añadió: "Toca", y se señaló el abrigo, a la altura del tórax. Santiago y
yo tocamos su abrigo y sentimos bajo la tela la presencia de un objeto
duro, alargado e inquietante.
Días más tarde Panchito desapareció, sin preaviso. Lo esperé
durante horas en el café Mabillón, donde diariamente nos
dábamos cita antes del almuerzo para tomar el primer aperitivo
y emprender una de nuestras largas y erráticas jornadas. Fui a ver a
mi amigo Carlos, quien me dijo ignorar dónde estaba. "Ya lo
sabrás por los periódicos", agregó sibilinamente. Y lo supe, pero
años después, cuando trabajaba en una agencia de prensa,
encargado de seleccionar y traducir las noticias de Francia
destinadas a América Latina. De Niza llegó un télex con la mención
"Especial Perú. Para transmitir a los periódicos de Lima". El télex
decía que un delincuente peruano, Panchito, fichado desde hacía
años por la Interpol, había sido capturado en los pasillos de un gran
hotel de la Costa Azul cuando se aprestaba a penetrar en una suite.
Recordé que para su mamá y hermanos, a quienes enviaba
regularmente dinero a Lima, Panchito era un destacado ingeniero
con un importante puesto en Europa. Haciendo una bola con el
télex lo arrojé a la papelera.
Julio R.Ribeyro
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