SÓLO PARA FUMADORES / 8ª entrega
Los vaivenes de la vida continuaron llevándome de un país a
otro, pero sobre todo de una marca a otra de cigarrillos.
Amsterdam y los Muratti ovalados con fina boquilla dorada;
Amberes y los Belga de paquete rojo con un círculo amarillo;
Londres, donde intenté fumar pipa, a lo que renuncié porque me
pareció muy complicado y porque me di cuenta de que no era ni
Sherlock Holmes, ni lobo de mar, ni inglés... Munich, finalmente,
donde a falta de sacar mi doctorado en filología románica, me
gradué como experto en cigarrillos teutones que, para decirlo
crudamente, me parecieron mediocres y sin estilo. Pero si
menciono Munich no es por la bondad de su tabaco sino porque
cometí un error de discernimiento que me colocó en una situación
de carencia desesperada, comparable a los peores momentos de
mi época parisina.
Gozaba entonces de una módica beca, pero que me permitía
comprar todos los días mi paquete de Rothaendhel en un kiosko
callejero, antes de tomar el tranvía que me llevaba a la
universidad. Se trataba de un acto que, a fuerza de repetirse,
creó entre la vieja Frau del kiosko yo una relación simpática,
que yo juzgaba por encima de todo protocolo comercial. Pero a
los dos o tres meses de una vida rutinaria y ecónoma me gasté la
totalidad de mi beca en un tocadiscos portátil, pues había
empezado una novela y juzgué que me era necesario, para
llevarla a buen término, contar con música de fondo o de cortina
sonora que me protegiera de todo ruido exterior. La música la
obtuve y la cortina también y pude avanzar mi novela, pero a los
pocos días me quedé sin cigarrillos y sin plata para comprarlos y
como "escribir es un acto complementario al placer de fumar", me
encontré en la situación de no poder escribir, por más música de
fondo que tuviese. Lo más natural me pareció entonces pasar
por el kiosko cotidiano e invocar mi condición de casero para que
me dieran al crédito un paquete de cigarrillos. Fue lo que hice,
alegando que había olvidado mi monedero y que pagaría al día
siguiente. Tan confiado estaba en la legitimidad de mi pedido que
estiré cándidamente la mano esperando la llegada del paquete.
Pero al instante tuve que retirarla, pues la Frau cerró de un tirón
la ventanilla del kiosko y quedó mirándome tras el vidrio no solo
escandalizada sino aterrada. Solo en ese momento me di cuenta
del error que había cometido: creer que estaba en España cuando
estaba en Alemania. Ese país próspero era en realidad un país
atrasado y sin imaginación, incapaz de haber creado esas
instituciones de socorro, basadas en la confianza y la
convivialidad, como es la institución del fiado. Para la Frau del
kiosko, un tipo que le pedía algo pagadero mañana, no podía ser
más que un estafador, un delincuente o un desequilibrado
dispuesto a asesinarla llegado el caso.
Me encontré pues en una situación terrible -sin poder fumar y
en consecuencia escribir- y sin solución a la vista, pues en Munich
no conocía prácticamente a nadie y para colmo se desató un
invierno atroz, con un metro de nieve en las calles, que me
condenó a un encierro forzoso. No hacía más que mirar por la
ventana el paisaje polar, tirarme en la cama como un estropajo
o leer los libros más pesados del mundo, como los siete
volúmenes del diario íntimo de Charles Du Bos o las novelas
pedagógicas de Goethe. Fue entonces cuando vino en mi auxilio
herr Trausnecker.
Yo estaba alojado en casa de este obrero metalúrgico, que me
alquilaba una pieza con desayuno y una comida en el
departamento que ocupaba en un suburbio proletario. Una o dos
veces por semana entraba a mi cuarto en las noches para
informarse sobre mis necesidades y hacerme un poco de
conversación. Hombre rudo, pero perspicaz, se dio cuenta de
inmediato de que algo me atormentaba. Cuando le expliqué mi
problema lo comprendió en el acto, y excusándose por no poder
prestarme dinero me regaló un kilo de tabaco picado, papel de
arroz y una maquinita para liar cigarrillos.
Gracias a esta maquinita pude subsistir durante las dos
interminables semanas que me faltaban para cobrar mi siguiente
mesada. Todas las mañanas, al levantarme, liaba una treintena de
cigarrillos que apilaba en mi escritorio en pequeños montoncitos.
Fueron los peores y mejores cigarrillos de mi vida, los más
nocivos seguramente pero los más oportunos. El tabaco estaba
reseco, el papel era áspero y el acabado artesanal, tosco y
execrable a la vista, pero qué importaba, ellos me permitieron
capear el temporal y reanudar con brío mi novela interrumpida.
Si la concluí se debe en gran parte a la maquinita del señor
Trausnecker, quien lavó así la afrenta que recibí de la vieja Frau y
me reconcilió con el pueblo germánico.
Julio Ramón Ribeyro
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