miércoles, 20 de diciembre de 2017

CUENTO DE VANIDAD


Nací en un oscuro pueblecito centroeuropeo que pintó Peter Brueghel el Viejo en 1556, cuando era joven. Todos los pueblos centroeuropeos del siglo XVI tenían apariencia de Belén, y todos los niños recién nacidos en toda época se parecen al niño Jesús. Hasta aquí todo perfecto. El problema se planteó mucho después; tras unos años viviendo fuera del idílico cuadro flamenco, comenzó a manifestarse en mí, con alarmante patencia, la necesidad de comunicar a los demás un estado del Ser que, si bien subjetivo, y sujeto por tanto a la inconsútil gasa trasparente del tiempo, era ya Ser con mayúsculas, es decir: asunción definitiva e inobjetable de una visión del mundo, limpia de polvo y nieve y paja y nube en el ojo ajeno y viga en el cristalino afán arquitectónico de sostener una idea, por loca o equivocada que fuese, pero sostenerla bien.
En unos momentos aparecerá mi sobrino para felicitarme las fiestas de Pascua. Le haré, como siempre, la pascua, hurtándole la artificial felicidad homeopática en que vive, con la visión de un esperpéntico panorama de drama y miseria. Para esto último no se me ocurriría ser tacaño. Con la educación no se juega.


Pintura de Peter Brueghel el Viejo



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