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Una casa desnuda, una década insomne, unas manos que olvidan su fatiga diaria, un temor arrojado a una jauría de nubes que te muerden el sueño, y convierten en jirones sangrientos tus más puros anhelos; el recuerdo asolado de tu padre, sin vida, reventado en el suelo. Todo esto no es sino el golpe furioso de la vida en tu mesa, tú no tienes la culpa, y lamentas no tenerla siquiera, no haber sido más veces ese alma tendida, como brazos que crecen sin razón que los pare, ese alma perdida, por amor a todo lo que existe, que cimbrea la mirada, que con honda justicia se apodera del mundo. Tan solo para verlo. Para verlo desnudo, insomne, arrojado y furioso. Para tener la culpa, verdadera, de haberlo vivido.

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