miércoles, 27 de mayo de 2015

POEMITAS DE MAÍZ CIV

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                                           Te supe menesterosa perla
                                           en el cieno mía.

                                           Tu andar pasaviento manaba
                                                                                   soledad.

                                           Eras el iris de todas las tardes,
                                           la delicia turgente
                                           donde dejar mi semen, mi memoria.


Fotografía de Michael Boltman





martes, 26 de mayo de 2015

POEMITAS DE MAÍZ CIII

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                            Abre de nuevo para mí
                            tu vulva,

                            los cuerpos sólo
                            son una excusa para cumplir este rito

                            íntimo de sangre  y silencio.

                                                                     Mendigo Diego





lunes, 25 de mayo de 2015

PARA QUIEN TIENE POSIBLES SIEMPRE ES MENOS SUFRIDO ASUMIR UNA DERROTA O PASAR POR EL CONFESIONARIO

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               El único secreto, en estos
               casos, para el común de los mortales,
               consiste en pensar que se puede matar 
               la memoria alegremente,
               aplicando la siguiente ley infalible:
               ocúpese en otra cosa hasta que esas fuerzas
               telúricas que siente funcionar en su cuerpo
               independientes
               se disuelvan
                                                ¿tomándose una copa?
               Esa persona que impedía
               el correcto funcionamiento de su inteligencia
               se autodestruirá en tres confesiones.






LOS CELOS, de Justo Navarro

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                                    El pianista, que sufre
                                    dolores en los hombros y en el cuello, y espera
                                    al osteópata, canta
                                    la Marsellesa muy despacio mientras
                                    toca el pasaje más veloz de una pieza atonal,
                                          demostrándose
                                    a sí mismo el dominio de los reflejos automáticos
                                    y el dominio imposible de los celos, pues oye, con dolor
                                           en los hombros
                                    y en el cuello, la Marsellesa, el piano y su angustia
                                    mecánica, el zumbido
                                    del teléfono que en Granada no deja de comunicar,
                                    la llamada inminente del osteópata a la puerta.







domingo, 24 de mayo de 2015

POEMITAS DE MAÍZ CII

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                          Morir y seguir vivo.

                          ¿Es menester una venda en los ojos
                          para ver pasar los trenes
                          que van hacia atrás?

                          El vivo quiere volver
                          y el muerto siempre está yendo.

                                                                       Mendigo Diego


Kolaj de Rafa Cornejo

sábado, 23 de mayo de 2015

EXISTE UN HOMBRE QUE TIENE LA COSTUMBRE DE PEGARME CON UN PARAGUAS EN LA CABEZA, de Fernando Sorrentino

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Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza. Justamente hoy se cumplen cinco años desde el día que empezó a pegarme con el paraguas en la cabeza. En los primeros tiempos no podía soportarlo; ahora estoy habituado.
   No sé cómo se llama. Sé que es un hombre común, de traje gris, levemente canoso, con un rostro vago. lo conocí hace cinco años, en una mañana calurosa. Yo estaba leyendo el diario, a la sombra de un árbol, sentando pacíficamente en un banco del bosque de Palermo. De pronto, sentí que algo me tocaba la cabeza. Era este mismo hombre que, ahora, mientras estoy escribiendo, continúa mecánica e indiferentemente pegándome paraguazos.
   En aquella oportunidad me di vuelta lleno de indignación (me da mucha rabia que me molesten cuando leo el diario): él siguió tranquilamente aplicándome golpes. Le pregunté si estaba loco: ni siquiera pareció oírme. entonces lo amenacé con llamar a un vigilante. imperturbable y sereno, continuó con su tarea. Después de unos instantes de indecisión y viendo que no desistía de su actitud, me puse de pie y le di un terrible puñetazo en el rostro. Sin duda, es un hombre débil: sé que, pese al ímpetu que me dictó mi rabia, yo no pego tan fuerte. Pero el hombre, exhalando un tenue quejido, cayó al suelo. En seguida, y haciendo, al parecer, un gran esfuerzo, se levantó y volvió silenciosamente a pegarme con el paraguas en la cabeza. La nariz le sangraba, y, en ese momento, no sé por qué, tuve lástima de ese hombre y sentí remordimientos por haberle pegado de esa manera. Porque, en realidad, el hombre no me pegaba lo que se llama paraguazos, más bien me aplicaba unos leves golpes, totalmente indoloros. Claro está que esos golpes son infinitamente molestos. Todos sabemos que, cuando una mosca se nos posa en la frente, no sentimos dolor alguno: sentimos fastidio. Pues bien, aquel paraguas era una gigantesca mosca que, a intervalos regulares, se posaba, una y otra vez, en mi cabeza. O, si se quiere, una mosca del tamaño de un murciélago.
   De manera que yo no podía soportar ese murciélago. Convencido de que me hallaba ante un loco, quise alejarme. Pero el hombre me siguió en silencio, sin dejar de pegarme. Entonces empecé a correr (aquí debo puntualizar que hay pocas personas tan veloces como yo). Él salió en persecución mía, tratando infructuosamente de asestarme un golpe. Y el hombre jadeaba, jadeaba y resoplaba tanto, que pensé que, si seguía obligándolo a correr así, mi torturador caería muerto allí mismo.
   Por eso detuve mi carrera y retomé la marcha. Lo miré. En su rostro no había gratitud ni reproche. Sólo me pegaba con el paraguas en la cabeza. Pensé en presentarme en la comisaría, decir: "Señor oficial, este hombre me está pegando con una paraguas en la cabeza". Sería un caso sin precedentes. El oficial me miraría con suspicacia, me pediría documentos, comenzaría a formularme preguntas embarazosas, tal vez terminaría por detenerme. 
   Me pareció mejor volver a casa. Tomé el colectivo 67. Él, sin dejar de golpearme, subió detrás de mí. Me senté en el primer asiento. Él se ubicó, de pie, a mi lado: con la mano izquierda se tomaba del pasamanos; con la derecha blandía implacablemente el paraguas. Los pasajeros empezaron por cambiar tímidas miradas. El conductor se puso a observarnos por el espejo. Poco a poco fue ganando al pasaje una gran carcajada, una carcajada estruendosa, interminable. Yo, de vergüenza, estaba hecho un fuego. mi perseguidor, más allá de las risas, siguió con sus golpes.
   Bajé -bajamos- en el puente del Pacífico. Íbamos por la avenida Santa Fe. Todos se daban vuelta estúpidamente para mirarnos. Pensé en decirles: "¿Qué miran, imbéciles? ¿Nunca vieron a un hombre que le pegue a otro con un paraguas en la cabeza?" Pero también pensé que nunca habrían visto tal espectáculo. Cinco o seis chicos nos empezaron a seguir, gritando como energúmenos.
   Pero yo tenía un plan. Ya en mi casa, quise cerrarle precipitadamente la puerta en las narices. No pude: él, con mano firme, se anticipó, agarró el picaporte, forcejeó un instante y entró conmigo. Desde entonces, continúa golpeándome con el paraguas en la cabeza. Que yo sepa, jamás durmió ni comió nada. Simplemente se limita a pegarme. Me acompaña en todos mis actos, aun en los más íntimos. Recuerdo que, al principio, los golpes me impedían conciliar el sueño; ahora, creo que, sin ellos, me sería imposible dormir.
   Con todo, nuestras relaciones no siempre han sido buenas. Muchas veces le he pedido, en todos los tonos posibles, que me explicara su proceder. Fue inútil: calladamente seguía golpeándome con el paraguas en la cabeza. En muchas ocasiones le he propinado puñetazos, patadas y -Dios me perdone- hasta paraguazos. Él aceptaba los golpes mansamente, los aceptaba como una parte más de su tarea. Y este hecho es justamente lo más alucinante de su personalidad: esa suerte de tranquila convicción en su trabajo, esa carencia de odio. Esa, en fin, certeza de estar cumpliendo con una misión secreta y superior. 
   Pese a su falta de necesidades fisiológicas, sé que, cuando lo golpeo, siente dolor, sé que es débil, sé que es mortal. Sé también que un tiro me libraría de él. Lo que ignoro es si, cuando los dos estemos muertos, no seguirá golpeándome con el paraguas en la cabeza. Tampoco sé si el tiro debe matarlo a él o matarme a mí. De todos modos, este razonamiento es inútil: reconozco que no me atrevería a matarlo ni a matarme. Por otra parte, últimamente he comprendido que no podría vivir sin sus golpes. Ahora, cada vez con mayor frecuencia, tengo un presentimiento horrible. Una profunda angustia me corroe el pecho: la angustia de pensar que, acaso cuando más lo necesite, este hombre se irá y yo ya no sentiré esos suaves paraguazos que me hacían dormir tan profundamente.


viernes, 22 de mayo de 2015

De Ana Rojas a Jim Horth, poema de Dimas Mas

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                       Cuando en tus manos claras
                       Reserves la luz intensa
                       De mis ojos en viaje, girados
                       Por siempre hacia la sombra,
                       Y se confunda en los humedecidos tuyos:
                       Ábreme el corazón y esparce
                       Mi sangre por la tierra templada.
                       No aguardes los ecos mustios
                       Del destello que huye del abismo
                       Y se asoma falaz a tu deseo:
                       Rásgame la carne entonces
                       Porque respire libre el pecho
                       Cuando me abandones ofrecida
                       En la desolación de las cimas.
                       Viva volveré para ti en los ciclos
                       Tenaces del tiempo,
                       Cuando la sombra del buitre
                       se perfile fugaz contra los riscos
                       o hacia sus propias raíces se inclinen
                       azotados por el viento los arbustos.






martes, 19 de mayo de 2015

APRENDER A ESCRIBIR EN LA FRANJA DE GAZA

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    Una tiza traza sobre la pizarra
    el destino errante de la zeta.
    El pecho oscuro de la grama
    vibra en marítima soledad
    sobre los montes pardos,
    atezados de nuevo por la sombra
    que las nubes acuestan,
                                           ya aparece
    un buitre, descartando el horizonte.

    Tal una luz cóncava, lento divaga
    su condición de rey de la alturas
    con singular maestría matemática.
    Aquí abajo le espera mi amarga víscera
    rosada, el amarillo y frenético limón
    que activa mis neuronas.

    Cuídate de mí, buitre,
    yo reino sólo sobre lo más humilde.





lunes, 18 de mayo de 2015

POEMA DE AMOR

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                    Tomar aliento ahora
                    es
                    que arde la médula del tiempo
                    donde la rosa fulmina los espejos.
                    Como si un vendaval de pájaros y trigo
                    abolido se hubiese en la memoria.
                    La calidad nocturna de un aroma,
                    todo lo que resta del amor:
                    el deseo en carne viva
                    para un cuervo hambriento de olvido,
                    y un reloj.


                     



domingo, 17 de mayo de 2015

CIUDAD SIN LEY

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                        Son ojos sin fe
                        sobre el silencio de la noche los que me advierten:
                        mañana cuando despierte veremos de nuevo
                        la flor podrida de tu belleza, ciudad sin ley,
                        disputándose las vísceras del mundo.
                        Siento crecer la paz de las estrellas
                        en mi sangre.






martes, 12 de mayo de 2015

COMENTARIO CRÍTICO DEL LIBRO "TÁCTICAS DE PAYASO" EN EL BLOG, DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO

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     Guiado por la generosidad y sobre todo, por la pasión lectora y el entusiasmo, el profesor de literatura Juan Poz ha publicado en su magnífico blog, DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO, las impresiones que la lectura de mi primer libro de poemas, Tácticas de payaso, ha dejado en su retina de intelector, que es tanto como decir en su alma de escritor y crítico literario; punto este último que espero no me desmienta, por más que nunca haya ejercido, que yo sepa, esa concreta labor profesionalmente. Es un maestro de la lengua española y un profundo conocedor de la literatura toda. Ya pueden imaginarse el contento, por completo bien merecido, con que he recibido esta mañana la lectura de estas reflexiones críticas. De esa misma manera y sentido las extracto aquí para ustedes:

Asistir al inicio de la carrera literaria de un escritor es siempre un motivo de alegría y, en este caso, de profundo interés, porque tácticas de payaso se aparta de la lírica existencial al uso y nos propone una incursión en la tradición vanguardista que, para algunos, se ha quedado ya absolutamente rezagada, si no obsoleta, mientras que otros, como Manolo Marcos, saben captar su vigencia e incluso su necesidad, en estos tiempos de escaso lustre artístico y demasiado brillo mediático.[...]

[...]Manolo Marcos comienza a descubrirnos, como buen poeta, una voz individual cuyo mundo transgresor, por más que sean egregios sus modelos, nos parecerá inconfundible. La mezcla de la poesía con la agudeza y el duende del humor no es una aleación que fragüe con facilidad, y ahí es donde nos convencemos de la singularidad de la obra de Manolo, porque su facilidad engañosa no permite engaño ninguno ni falsas interpretaciones: no hay fórmulas, ni clichés, ni recursos de manual, y mucho menos imitación desustanciada; sino todo lo contrario: fenomenales hallazgos que, más allá de la inspiración, parecen nacidos de una rigurosa disciplina científica de observación.[...]

La casi inverosímil facultad de Manolo para jugar con los conceptos y con las palabras crea siempre una alegre pelea de golpes y risas entre los payasos en la pista del circo donde se refleja, distorsionada, la patética realidad que los espectadores llevan consigo cuando entran. Frente al aullido de Rivel, dueño magistral de sus silencios, Manolo nos ofrece el verbo bullicioso y juguetón de la feria, como en Remedios caseros contra la ansiedadLa dialéctica de Dios es hablar entre líneas,/no se le ocurra imitarle./Dios es camaleón en calma./(…)/La nada nada fatal, no se acerque a socorrerla./Morirá usted por nada./Nada más. Eso es todo. 

    El texto completo pueden leerlo clicando AQUÍ, y, por ende, conozcan la labor, humilde pero riquísima en fecunda sabiduría que, Juan Poz, ha ido desgranando poco a poco en las páginas de su DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO. Vaya desde aquí, también, mi más hondo agradecimiento, guiado a su vez por la admiración y el afecto verdaderos.

ENLACE A EDICIONES TIGRES DE PAPEL

Y RESIDENTE EN

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                                      Vivo
                                               en un
                                                          adefesio
                                                                        de 5
                                       plantas.






sábado, 9 de mayo de 2015

EL REPETIDO TEDIO DE LOS VIAJES, de Fernando Sorrentino (Fin)

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3. El comercio y el barroco


El sermón del comisario surtió efecto, de modo que resolví enmendarme. Empero, no había abandonado el propósito de que el viaje me resultara lo más entretenido posible. Se me ocurrió una idea brillante, que unía el placer con el provecho: vendería peines durante el trayecto. No necesitaba ningún tipo de aprendizaje previo, pues recordaba perfectamente cómo procedían los vendedores ambulantes de peines.
   Los primeros días rechacé toda originalidad y me ceñí estrictamente al modelo consagrado por la costumbre. Decía:
   - Permítame el distinguido público que lo salude muy atentamente. Por gentileza de la casa Peinalex (Sociedad de Responsabilidad Limitada), voy a seguir haciendo entrega al distinguido público, directamente de fábrica, de los famosos peines Gacela. Son tres artículos. El primero es el peine de tocador, de setenta y siete dientes (cuarenta gruesos y treinta y siete delgados), calibrados uno por uno: artículo indispensable en todo hogar, en toda familia. El segundo artículo es el peine de bolsillo, infaltable en la cartera de la dama y en el bolsillo del caballero. El tercero es el conocido peine "colita", imprescindible para la toilette de la dama elegante. Estos tres artículos, que ustedes están abonando en los comercios del ramo a razón de ochenta, cuarenta y sesenta pesos moneda nacional respectivamente, los entrego, los tres, a título de propaganda, al precio de cien nacionales, lo que equivale a abonar treinta y tres pesos con treinta y tres centavos por artículo. Persona que lo crea, lo juzgue conveniente, no tiene más que solicitármelo. ¡Cien pesos los tres artículos! 

   Éste es el discurso que yo emitía diariamente, antes y después de mis clases. En seguida recorría el vagón entregando peines y recibiendo billetes de cien pesos. Me iba bastante bien. Por empezar, ganaba tres veces más que con mis cátedras en el colegio. Lo mejor hubiera sido, sin duda, perseverar en este método.
   Pero, un mal día, me empezó a ganar nuevamente el deseo de hacer cosas anómalas. Por un lado me disgustaba que los pasajeros me considerasen un vendedor de peines vulgar y silvestre. Por otro lado, menos me agradaba todavía la sintaxis en que yo predicaba la excelencia de mis peines: era una sintaxis a la vez sencilla y errónea. Una sintaxis -¿cómo diré?- entre periodística y beatrizguidesca. Desde el punto de vista económico me daba pingües beneficios; pero, estéticamente, no me satisfacía.
   De manera que, gradualmente, fui complicando mi texto, hasta que, cuando lo perfeccioné por completo -un -1.º de abril- quedó así:
   - Séame otorgado de los transhumantes, si viajeros, caminantes (sobre ruedas) ferruginosos, que, salvados que hayan sido con férvida, no frígida, policía, artejos en sus aras ofrende, que, no el calvo, pero el pelambresco, arará con ellos su cabeza (quien, de idéntica raíz -capataz, cabo, capanga o etrusco capo-, imperio, dementes exceptuados, tendrá sobre su cuerpo). Activos serán en tal pradera, de holganza privados por la firmeza manicular del dómino. Peinalex el domo (o lar en la Galicia), cuya calidad de responsable lindada es por impositivo obstáculo (tal la sociedad es encomendante al ego que voceando siembra y con brazos cosecha codiciosos), al viandante ofrece lo que Gorgona desdeñara. Vinientes ellos de maternas máquinas con tal prisa, que intermediario próspero (royendo la hacienda del trenófilo) no los detuviera, trinitario es su número. De ellos, el primo es imposible su absencia en el familiar recinto que, por extensión metafórica, el ígneo nombre toma. El mágico número le asiste, en decenas y unidades, de aquellas partes óseas cuyas álgias dieron causa y razón de existencia a sus logistas, y así subdivididos: en diez menguado el hemisiglo los robustos; en dos superada en los magros la edad del florentino en, de la itálica comedia, el primer verso. En entrambos, individual el calibraje. El prójimo, aunque segundo, es benjamin. Su gruta hace, descansante, en la cosida del varonil atuendo concavidad, o en el perfumado del saurio del Nilo (antiguamente Egito) los más adminículos expensivos colgantes doncelliles fabricados. Humorísticamente cuadrúpedo, hipotético rabo lo caracteriza: éste de secretos sabrá deleitosos en galicado de coqueta retiro. En mercaderiles antros, octoginta, quadraginta -en el del Lacio sermón- y sexaginta en unidades de la inflacionada, patria moneda, entréganse. Acápite publicitario, en una centena de autóctona soldada, os son donados todos tres. Artejo cada cual: la edad del Mesías en el homónimo que las básculas marcan, plus idénticos fraccionados guarismos en uno ciento. Creyente y juez el ser humano, requerir será los su labor toda. ¡La trinidad en centenar se transfigura! 

   Considerada mi actuación con un criterio artístico, fue, indudablemente, un éxito estruendoso. La mirada fija, la respiración suspendida, la boca entreabierta, todos los pasajeros me escuchaban con extrema atención. A veces, cuando yo concluía mi perorata, estallaban en aplausos. Pero no entendían una palabra: la prueba está en que, pese a que yo exhibía generosamente los peines mientras disertaba, no logré realizar una sola venta. Entonces comprendí que una cosa es la estética y otra, los negocios.
   Desde entonces, mis viajes han vuelto a ser placenteros, sin apelar ya a mistificaciones ni ventas. He logrado vencer el repetido tedio de los viajes con la reiterada lectura de las inagotables obras incompletas de Silvina Bullrich.

Del libro, Imperios y servidumbres



viernes, 8 de mayo de 2015

EL REPETIDO TEDIO DE LOS VIAJES, de Fernando Sorrentino (Capítulo 2)

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2. Mistificaciones

Durante diez años repetí idéntico viaje. Me sentía seguro y tranquilo, pero el reiterado trayecto comenzaba a aburrirme. Pensé: "La jornada se hace tediosa, pero no hay manera de modificarla: sobre este punto no hay discusión posible. Tantos viajes iguales son excesivos para un solo viajero, pero no lo serán en la misma medida para viajeros distintos. Multiplicaré entonces mis personalidades".
   Creo haber dicho que soy una persona sedentaria; aún no he declarado que también soy tímido, recatado y sensato. Tendría forzosamente que asumir un carácter audaz, petulante y alocado.
   Mi iniciación fue sencilla. un lunes 1.º de abril viajé sin boleto. El guarda -un individuo caricatural, parecido al actor norteamericano Ben Turpin- extrajo, con la fría determinación que da el cumplimiento del deber, un talonario, para cobrarme una multa de quinientos pesos. Ante su sorpresa, expuse incoherentes y confusos argumentos, cuya conclusión era la de que, en modo alguno, estaba dispuesto a pagar la multa. Turpin -azorado, indignado- insistía con correctas razones que reconocían como fuente el reglamento ferroviario. Apelé entonces a un recurso extremo. A la altura de la calle Córdoba saqué una pierna por la ventanilla, fingiendo que, en mi desesperación, iba a arrojarme del tren en marcha. Una señora gritó y se cubrió el rostro con las manos. El guarda, ayudado por varios pasajeros, venció mi falsa resistencia y me volvió bruscamente a mi asiento. Comprendí que el triunfo era mío: en medio de la silenciosa expectativa de los circunstantes, declaré con voz trémula que, si no tenía dinero para pagar el boleto, mucho menos para el importe de la multa. Casi sin dejarme terminar la frase, un señor canoso, de anteojos, se ofreció a solventar mi multa, al tiempo que extraía su billetera con tanta precipitación, que de su bolsillo interior salieron disparados dos lápices. ¡Nunca lo hubiera hecho! Furioso, me enfrenté con él y le grité en las narices, lanzando una nube de saliva voladora, que no admitía limosnas de un anteojudo. Las sonrisas iluminaron más de un rostro: el señor canoso enrojeció y, muerto de vergüenza, cambió de vagón. Turpin estaba desorientado; finalmente, dada mi peligrosidad, optó por contemporizar, aunque bien se veía que la transgresión del reglamento ferroviario, que él había convalidado, le reprochaba agriamente a su conciencia. Apelando a esos modales exquisitos e infantiles con que se intenta volver a la sensatez a un niño encaprichado, me invitó, en una especie de media lengua pueril, a que descendiera en Chacarita y tomara una Coca Cola, para lo cual me regaló cien pesos, que acepté con brusco ademán y torva mirada. Bajé, en efecto, amenazándolo con el puño. Y permanecí así, en actitud desafiante, hasta que el tren volvió a ponerse en marcha. A tal extremo me había ensoberbecido mi victoria, que me pareció que el tren se alejaba con más prisa que de costumbre, como si huyese poseído por el pavor. Con los cien pesos que me había regalado Turpin, saqué pasaje hasta El Palomar. Viajé con todo juicio en el tren siguiente. Llegué al colegio de extremado buen humor y relaté con éxito varios chistes ligeramente pornográficos en la sala de profesores. 

   Al otro día viajé a la misma hora. En esta ocasión, consideré meritorio sentarme en el suelo, ocupando transversalmente el pasillo. Los pasajeros, al advertir mis fingidos ojos extraviados, pasaban con sumo cuidado sobre mí, alzando ostentosamente los pies y dando pasos de jirafa para no pisarme. Sin duda, ése era el horario en que Turpin ejercía sus funciones. Al verme, palideció. Era evidente que no quería tener ningún tipo de contacto conmigo. Inclusive hizo un amago de volverse por donde había venido. Pero ya tenía bastantes tribulaciones con los remordimientos del día anterior. Se impuso su sentido del deber. Con un visible esfuerzo, sacó fuerzas de flaqueza y, dispuesto a todo, penetró en el vagón y empezó a requerir los pasajes. Sin embargo, la lentitud con que se demoraba en leer puntillosamente cada boleto era un claro indicio de que deseaba diferir hasta el infinito el ingrato momento de enfrentarse conmigo. Turpin cambió palabras amables con las damas, proporcionó copiosos informes a caballeros que no le habían preguntado nada, acarició a un niño y le permitió, como gran concesión, juguetear con su inalienable maquinita de control. Al fin llegó el instante en que una nueva demora, aunque fuera la más pequeña, la más insignificante, caería ya dentro de lo insólito y aun de lo sospechoso. Entonces, tras una profunda inspiración, con voz perceptible y neutra -como si no me conociera- me solicitó el boleto, sin hacer alusión alguna al sitio que yo ocupaba. Y yo, con un aire magnánimo que, sin embargo, no dejaba trasuntar ninguna expresión triunfal, con un gesto digno de quien se halla más allá del bien y del mal, metí dos dedos en el bolsillo y le entregué el boleto. 

   Alentado por los dos rotundos éxitos obtenidos, continué realizando cosas extrañas y, dentro de todo, inofensivas.
   Un día viajé sentado en el respaldo del asiento. Otro, entoné los primeros versos de la Eneida de Publio Virgilio Marón, adaptándolos hábilmente a la melodía de La Cumparsita de Gerardo Matos Rodríguez. Estas actitudes, que no tenían otro alcance que el de llamar momentáneamente la atención de los pasajeros, no me satisfacían del todo. El artista que latía en mí aspiraba a una obra maestra. Día y noche me devanaba los sesos tratando de componer una mistificación inolvidable.
   Entré así en un periodo de esterilidad, en el que no se me ocurría ninguna buena idea. En estas meditaciones, se me pasaron cinco años. Al fin, acabé por resignarme a mi hado de artista mediocre; acabé por viajar como una persona cualquiera, como una persona no tocada por el genio de la creación. La suerte era injusta conmigo: me sucedía como a esos grandes narradores y poetas argentinos de torrenciales barbas e imponentes anteojos que, a pesar de poseer todas las cualidades necesarias para ejercer con eficacia la poesía y el relato del siglo XX  (falta de imaginación, ansias de publicidad, hermafroditismo, adhesión a regímenes políticos sumamente evolucionados de la Europa oriental, desprecio por la ortografía, ignorancia de las leyes métricas, desconocimiento de la lógica y de la sintáxis, sólida incultura), no lograban -increíblemente- superar la más displicente de las páginas de Jorge Luis Borges. 

   Hasta que llegó un día en que la inspiración -cuando menos la esperaba- descendió sobre mí. Y descendió con tal fuerza que me hizo colmar toda medida, hasta el punto de que ésa fue mi última mistificación.
   Ese día -un 1.º de abril-, sereno el espíritu y clara la mente, libre de ambiciones desmesuradas, sabiamente resignado a mi sino, viajaba, como de costumbre, hacia El Palomar. Lo hacía correctamente. Para coronar mi circunspección leía con atento semblante un artículo de las Selecciones del Reader's Digest, que describía en vibrante estilo las tribulaciones sufridas por un granjero de Prescott (Arizona), cuyas ovejas, otrora mansas y amigables, habiendo sido atacadas por una especie desconocida de murciélagos hidrófobos, se volvían, minuto a minuto, más hostiles y taciturnas. Llevado por la magia del relato, yo no cabía en mí de mi indignación contra esos multiplicados murciélagos que tan inicuamente turbaban la paz del granjero de Arizona. Sólo quería que me dieran un arma y allá partiría yo, hasta la misma Arizona, a matar murciélagos: hasta tal punto me había ganado la buena causa del granjero, que inclusive hice unos movimientos con el índice, como si ya estuviera disparando mi rifle sobre innúmeros murciélagos. Afortunadamente, mi colaboración no era ya necesaria. La fuerza de voluntad del granjero, de su esposa y de sus siete hijos, aunada a un inquebrantable espíritu combativo y a una fe sin límites en el apoyo que las ovejas brindaban a su lucha, que era también la lucha de las propias ovejas, habían culminado en una concluyente y definitiva victoria sobre los murciélagos, quienes quedaron tan maltrechos y destrozados, que al autor del artículo podía decir sin hipérbole que "aquél había sido el más grande triunfo nunca jamás alcanzado por un granjero de Arizona sobre los murciélagos en muchos años".
   Radiante de alegría ante el triunfo del Bien, cerré el volumen, e, impulsado por una súbita elocuencia, me puse de pie, gritando:
   -¡Caras limpias, almas higiénicas!
   A este estentóreo conjuro, los pasajeros sufrieron un sobresalto. Sin darles tiempo para el menor movimiento defensivo, viendo en ellos una hipóstasis de los aborrecibles murciélagos, empecé a arrebatarles los cigarrillos, cartapacios, anteojos, diarios y revistas que, en distintos grados, exornaban sus personas. Frenéticamente arrojaba todos estos objetos a través de las ventanillas del tren. Todo sucedió en pocos segundos. Sobrevino un escándalo difícil de describir y fácil de imaginar. Un gurrumino de bigotitos, que no pesaría cincuenta kilos, me pegó un puñetazo imperceptible en el estómago. Entonces, simulando un ataque de nervios, le repliqué con anárquicas patadas, de las cuales sólo la primera -que lo arrojó a considerable distancia- fue necesaria, y siempre sin dejar de gritar mi enigmático estribillo:
   - ¡Caras limpias, almas higiénicas!
   En términos generales, las mujeres aullaban; los hombres menos civilizados pretendían imponerse por la violencia; los más legalistas citaban de viva voz párrafos de la Constitución; algún escéptico -que nunca falta- sonreía irónicamente. En medio de ese pandemonio, me sentí férreamente inmovilizado: dos agentes de policía me sujetaban de los brazos con una fuerza que hubiera resultado excesiva para sofrenar los ímpetus de un elefante en celo.
   En la comisaría 45 me recibieron con las puertas abiertas de par en par. En seguida me di cuenta de que lo mejor era adoptar la personalidad de un loco pacífico. Contesté las preguntas con respeto, con vaguedad, con incoherencia. En un momento dado, me eché a llorar sobre el pecho de un fornido sargento. A la mañana siguiente, tras una severa amonestación del propio jefe de la sección, me dejaron en libertad.
   Como mis reacciones se estaban volviendo imprevisibles hasta para mí, no consideré conveniente regresar a casa en tren. En medio de la alegría de un sol radiante de otoño, tomé el colectivo 108. Me repantingué en un asiento con felicidad y me puse a reír entre dientes al imaginarme la densa caravana de damas y caballeros que habría recorrido las vías, desde Sáenz Peña hasta Devoto, en busca de, digamos, de sus objetos personales.

Del libro Imperios y servidumbres, Seix Barral / Nueva Narrativas Hispánica


jueves, 7 de mayo de 2015

EL REPETIDO TEDIO DE LOS VIAJES, de Fernando Sorrentino (Capítulo 1)

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El repetido tedio de los viajes puede causar cambios bastante significativos, aun en la personalidad más gris e imperceptible: por ejemplo, la mía.

1. El viajero frustrado

No tuve la suerte de ejercer la docencia en un colegio cercano a mi domicilio. Me tocó empezar en una Schule germánica de la vecina localidad de El Palomar.
   Supe que, para trasladarme hasta allá, debería viajar en tren. Esto tiene un encanto del que carecen los colectivos y el omnibús. Yo, por lo menos, lo creo así. Desde muy chico he considerado que locomotoras, vagones, vías, cambios, empalmes, ramales, estaciones, señales eran bellos objetos dignos de interminable interés. Sin embargo, mi placer añoraba las antiguas, negras, imponentes locomotoras de vapor, ahora casi totalmente reemplazadas por unas asépticas y cuadradas máquinas diesel, pintadas con los colores de la bandera española. El agrado de viajar en tren atemperaba, en parte, el disgusto que a mí -un individuo de hábitos indiscutiblemente sedentarios- me causaba la obligación de someterme a ese largo itinerario.
   Menos mal que yo vivía a pocas cuadras del puente del Pacífico. Tomaba el tren en la estación Palermo. Averigüé que con esa línea -el ferrocarril San Martín- era posible llegar, por ejemplo, hasta San Juan. Entonces consulté la guía Peuser y experimenté una suerte de vértigo al enterarme que entre Buenos Aires y San Juan mediaban ¡1.200 kilómetros!

   Herido en mi amor propio por mi pusilanimidad, con voluntariosa audacia me hice el propósito de realizar el viaje a San Juan. Establecí diversas fechas para mi partida y luego, indefectiblemente, las diferí. En estas dudas, se me pasaron seis años. Por fin, con íntimo dolor, admití que no me atrevería a hacer el desaforado viaje.
   Es que yo me había acostumbrado ya a un viaje de la siguientes características. Al subir al tren en Palermo, conocía de antemano el orden en que se sucederían las estaciones: Chacarita, La Paternal, Villa del Parque, Devoto, Sáenz Peña, Santos Lugares, Caseros, El Palomar. Aquí descendía, caminaba unas pocas y frescas cuadras sombreadas de eucaliptos fragantes y llegaba al colegio. Nada podía ser más sencillo. En casa, si quería, cerraba los ojos y recuperaba perfectamente los detalles de cada estación. Pero -me preguntaba-, ¿podría acaso soportar la vista de estaciones desconocidas? Estaciones llamadas Derqui o Cabred, por ejemplo, ¿no contendrían elementos atrozmente inolvidables?
   Me reproché mi cobardía: yo habría de llegar a San Juan. Pensé que sería más fácil hacerlo gradualmente. Un día viajaría hasta Húrlingham; el siguiente, hasta Morris; el tercero, hasta Riccheri...De este modo podría ir habituando mi sistema nervioso a la vista de parajes ignorados. Calculé que, al cabo de unos cuatro o cinco años, me permitiría, sin duda, cumplir mi sueño de llegar a San Juan.
   Señalé un lunes 1º de abril para poner en práctica mi invención. Si mis cálculos eran correctos, a más tardar el 6 de abril conocería la estación José C. Paz.
   Saqué, pues, boleto hasta Húrlingham; subí al tren (no creo que los pasajeros hayan advertido mi emoción); vi transcurrir las conocidas estaciones. "Todo marcha bien", me dije en El Palomar, pero, cuando el tren abandonó la estación, deploré mi imprudencia.. En Húrlingham, literalmente me arrojé al andén antes de que el tren hubiera detenido su marcha por completo. Regresé a Buenos Aires temblando. Desde entonces, mi excluyente itinerario es Palermo-El Palomar y El Palomar-Palermo. He comprendido que no tengo nada que hacer en Húrlingham. Y mucho menos en San Juan.

                    Del libro Imperios y servidumbres




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