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domingo, 29 de julio de 2012

RECADO A CIORAN O DEL INCONVENIENTE DE HABER NACIDO

Entre usted y ese inculto autor del Apocalipsis, caben holgadamente (según cálculos no siempre minuciosos) algo así como veinte siglos de fracasos, incurias, malandanzas. Es otro inconveniente, desde luego. Tantas desgarraduras ¿sólo sirven acaso como suplencias de la cobardía? No sin notoria incertidumbre somos capaces de reducir a escombros los espacios impuros del pasado. ¿Por qué entonces no se suicida usted un poco, al menos hasta que acabe el ciclo natural de nuestra podredumbre y resulte más fácil elegir otra historia a partir de la Historia?

 Laberinto de fortuna, de J.M. Caballero Bonald 

miércoles, 9 de mayo de 2012

TIEMPO DE GUERRAS PERDIDAS (II), de Caballero Bonald


     En aquella época apenas si se festejaban tales ceremonias religiosas. A diferencia de lo que ahora ocurre - todo ese ridículo elenco de banquetes y majaderías anexas-, la celebración se reducía entonces discretamente a un privado acto devoto y un desayuno en el ámbito familiar. De modo que, una vez terminada la función en la capilla de los Marianistas, nos fuimos a casa a tomar chocolate con bizcochos. Aparte de mis hermanos Rafael y María Julia, estaban allí los primos Rafael y Leonor, que eran los que tenían más o menos mi edad. La excitación fue subiendo ostensiblemente de tono y lo que prometía ser un ameno regocijo terminó en batalla campal. Todo empezó cuando el primo Rafael se mofó repetidas veces de mi irrisoria facha de angelito, a lo que yo contesté volcándole una taza de chocolate por encima. A partir de ahí hubo toda clase de refriegas, empleo de armas arrojadizas y persecuciones varias, sólo interrumpidas cuando la algazara alertó a toda la familia y se impuso severamente la terminación del desayuno, la dispersión de los comensales y, en consecuencia, el final de toda aquella malograda celebración.

TIEMPO DE GUERRAS PERDIDAS (I) de Caballero Bonald

     La primera vez que vi el mar fue en Sanlúcar de Barrameda, el verano anterior al comienzo de la guerra civil. Lo sé porque ese mismo año hice la primera comunión y mi conducta antes y después de la ceremonia fue tan deficiente que me amenazaron con privarme del veraneo. Aunque la amenaza no era exactamente viable, a mí me pareció tan despiadada que hice toda clase de méritos para que no se cumpliera. El asunto tuvo sus prioridades tragicómicas. Yo, de niño, tenía el pelo rubio y ensortijado y, de acuerdo con esas presuntas señas alegóricas, el capellán del colegio de los Marianistas me había elegido como heraldo seráfico de la función, o sea, que debía abrir el desfile de los comulgantes portando una vela rizada y, lo que era peor, un ramito de azucenas que debía depositar al pie del altar. A mí todo eso me traía a mal traer, sobre todo por lo que el papel de angelito tenía de aniñado, y no hacía más que pensar como librarme de semejante bochorno. 
     Así que la misma mañana abrileña en que iba a celebrarse la primera comunión me levanté más pronto de lo debido y, sin encomendarme a Dios ni al diablo, procedí a teñirme el pelo con un  trozo de carbón y a planchármelo con un cepillo empapado en tragacanto. La operación me dejó literalmente impresentable y, cuando mi madre se levantó y me vio de aquella guisa, apunto estuvo de sufrir un soponcio. Ella no tenía la garganta preparada para levantar la voz, y nunca lo hacía, pero aquella vez prorrumpió en exclamaciones demasiado agudas que la dejaron seriamente afónica. Me tuvieron que enjabonar la cabeza a toda prisa, con lo que recuperé mi estado normal, y pudimos llegar al colegio sin mayores tropiezos. Lo único que andaba mal era mi ánimo y me sentía tan furioso y sublevado con el mundo que tuve la absoluta convicción de que iba a comulgar en pecado mortal. Ignoro si me arrepentí en el momento preciso, o no me arrepentí en ningún momento, pero en todo caso me resigné a hacer la comunión con la debida compostura. Lo peor vino después.
          J.M. Caballero Bonald


            

viernes, 10 de febrero de 2012

SOBERBIA


                                     La perfección difícil del espejo
                                     despedazado, ¿tiene algo
                                     que ver con tu soberbia? ¿ Se concilia
                                     esa falsa hermosura con la divulgación
                                     pomposa de tu voluntad?

                                     Segmentos donde lo unitario
                                     se multiplica en láminas y heridas,
                                     las grietas deformantes
                                     de los innumerables añicos
                                     y esa materia vana concentrada
                                                   en las fragmentaciones de la luz.

                                     En ese vidrio roto se articula
                                     lo que te corresponde de la omnipotencia.


                                                                     José Manuel Caballero Bonald
                                                                     del poemario La noche no tiene paredes

viernes, 10 de septiembre de 2010

INSTINTO SELECTIVO de José Manuel Caballero Bonald


Acongojante falsedad de los recuerdos
que intempestivamente me visitan,
¿qué querrán, cómo habrán sobrevivido
durante tantos años,
hasta cuándo
desdeñarán mi turno de perplejo?

Son más bien como intrusos
que tratan de engañarme con historias
apócrifas, que fingen prevenirme
de las muchas disputas
que siempre han mantenido con mi felicidad.

También se profetiza lo que ya se ha vivido.


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