Entre usted y ese inculto autor del Apocalipsis, caben holgadamente (según cálculos no siempre minuciosos) algo así como veinte siglos de fracasos, incurias, malandanzas. Es otro inconveniente, desde luego. Tantas desgarraduras ¿sólo sirven acaso como suplencias de la cobardía? No sin notoria incertidumbre somos capaces de reducir a escombros los espacios impuros del pasado. ¿Por qué entonces no se suicida usted un poco, al menos hasta que acabe el ciclo natural de nuestra podredumbre y resulte más fácil elegir otra historia a partir de la Historia?
Laberinto de fortuna, de J.M. Caballero Bonald




