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martes, 12 de mayo de 2015

COMENTARIO CRÍTICO DEL LIBRO "TÁCTICAS DE PAYASO" EN EL BLOG, DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO


     Guiado por la generosidad y sobre todo, por la pasión lectora y el entusiasmo, el profesor de literatura Juan Poz ha publicado en su magnífico blog, DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO, las impresiones que la lectura de mi primer libro de poemas, Tácticas de payaso, ha dejado en su retina de intelector, que es tanto como decir en su alma de escritor y crítico literario; punto este último que espero no me desmienta, por más que nunca haya ejercido, que yo sepa, esa concreta labor profesionalmente. Es un maestro de la lengua española y un profundo conocedor de la literatura toda. Ya pueden imaginarse el contento, por completo bien merecido, con que he recibido esta mañana la lectura de estas reflexiones críticas. De esa misma manera y sentido las extracto aquí para ustedes:

Asistir al inicio de la carrera literaria de un escritor es siempre un motivo de alegría y, en este caso, de profundo interés, porque tácticas de payaso se aparta de la lírica existencial al uso y nos propone una incursión en la tradición vanguardista que, para algunos, se ha quedado ya absolutamente rezagada, si no obsoleta, mientras que otros, como Manolo Marcos, saben captar su vigencia e incluso su necesidad, en estos tiempos de escaso lustre artístico y demasiado brillo mediático.[...]

[...]Manolo Marcos comienza a descubrirnos, como buen poeta, una voz individual cuyo mundo transgresor, por más que sean egregios sus modelos, nos parecerá inconfundible. La mezcla de la poesía con la agudeza y el duende del humor no es una aleación que fragüe con facilidad, y ahí es donde nos convencemos de la singularidad de la obra de Manolo, porque su facilidad engañosa no permite engaño ninguno ni falsas interpretaciones: no hay fórmulas, ni clichés, ni recursos de manual, y mucho menos imitación desustanciada; sino todo lo contrario: fenomenales hallazgos que, más allá de la inspiración, parecen nacidos de una rigurosa disciplina científica de observación.[...]

La casi inverosímil facultad de Manolo para jugar con los conceptos y con las palabras crea siempre una alegre pelea de golpes y risas entre los payasos en la pista del circo donde se refleja, distorsionada, la patética realidad que los espectadores llevan consigo cuando entran. Frente al aullido de Rivel, dueño magistral de sus silencios, Manolo nos ofrece el verbo bullicioso y juguetón de la feria, como en Remedios caseros contra la ansiedadLa dialéctica de Dios es hablar entre líneas,/no se le ocurra imitarle./Dios es camaleón en calma./(…)/La nada nada fatal, no se acerque a socorrerla./Morirá usted por nada./Nada más. Eso es todo. 

    El texto completo pueden leerlo clicando AQUÍ, y, por ende, conozcan la labor, humilde pero riquísima en fecunda sabiduría que, Juan Poz, ha ido desgranando poco a poco en las páginas de su DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO. Vaya desde aquí, también, mi más hondo agradecimiento, guiado a su vez por la admiración y el afecto verdaderos.

ENLACE A EDICIONES TIGRES DE PAPEL

viernes, 8 de mayo de 2015

EL REPETIDO TEDIO DE LOS VIAJES, de Fernando Sorrentino (Capítulo 2)



2. Mistificaciones

Durante diez años repetí idéntico viaje. Me sentía seguro y tranquilo, pero el reiterado trayecto comenzaba a aburrirme. Pensé: "La jornada se hace tediosa, pero no hay manera de modificarla: sobre este punto no hay discusión posible. Tantos viajes iguales son excesivos para un solo viajero, pero no lo serán en la misma medida para viajeros distintos. Multiplicaré entonces mis personalidades".
   Creo haber dicho que soy una persona sedentaria; aún no he declarado que también soy tímido, recatado y sensato. Tendría forzosamente que asumir un carácter audaz, petulante y alocado.
   Mi iniciación fue sencilla. un lunes 1.º de abril viajé sin boleto. El guarda -un individuo caricatural, parecido al actor norteamericano Ben Turpin- extrajo, con la fría determinación que da el cumplimiento del deber, un talonario, para cobrarme una multa de quinientos pesos. Ante su sorpresa, expuse incoherentes y confusos argumentos, cuya conclusión era la de que, en modo alguno, estaba dispuesto a pagar la multa. Turpin -azorado, indignado- insistía con correctas razones que reconocían como fuente el reglamento ferroviario. Apelé entonces a un recurso extremo. A la altura de la calle Córdoba saqué una pierna por la ventanilla, fingiendo que, en mi desesperación, iba a arrojarme del tren en marcha. Una señora gritó y se cubrió el rostro con las manos. El guarda, ayudado por varios pasajeros, venció mi falsa resistencia y me volvió bruscamente a mi asiento. Comprendí que el triunfo era mío: en medio de la silenciosa expectativa de los circunstantes, declaré con voz trémula que, si no tenía dinero para pagar el boleto, mucho menos para el importe de la multa. Casi sin dejarme terminar la frase, un señor canoso, de anteojos, se ofreció a solventar mi multa, al tiempo que extraía su billetera con tanta precipitación, que de su bolsillo interior salieron disparados dos lápices. ¡Nunca lo hubiera hecho! Furioso, me enfrenté con él y le grité en las narices, lanzando una nube de saliva voladora, que no admitía limosnas de un anteojudo. Las sonrisas iluminaron más de un rostro: el señor canoso enrojeció y, muerto de vergüenza, cambió de vagón. Turpin estaba desorientado; finalmente, dada mi peligrosidad, optó por contemporizar, aunque bien se veía que la transgresión del reglamento ferroviario, que él había convalidado, le reprochaba agriamente a su conciencia. Apelando a esos modales exquisitos e infantiles con que se intenta volver a la sensatez a un niño encaprichado, me invitó, en una especie de media lengua pueril, a que descendiera en Chacarita y tomara una Coca Cola, para lo cual me regaló cien pesos, que acepté con brusco ademán y torva mirada. Bajé, en efecto, amenazándolo con el puño. Y permanecí así, en actitud desafiante, hasta que el tren volvió a ponerse en marcha. A tal extremo me había ensoberbecido mi victoria, que me pareció que el tren se alejaba con más prisa que de costumbre, como si huyese poseído por el pavor. Con los cien pesos que me había regalado Turpin, saqué pasaje hasta El Palomar. Viajé con todo juicio en el tren siguiente. Llegué al colegio de extremado buen humor y relaté con éxito varios chistes ligeramente pornográficos en la sala de profesores. 

   Al otro día viajé a la misma hora. En esta ocasión, consideré meritorio sentarme en el suelo, ocupando transversalmente el pasillo. Los pasajeros, al advertir mis fingidos ojos extraviados, pasaban con sumo cuidado sobre mí, alzando ostentosamente los pies y dando pasos de jirafa para no pisarme. Sin duda, ése era el horario en que Turpin ejercía sus funciones. Al verme, palideció. Era evidente que no quería tener ningún tipo de contacto conmigo. Inclusive hizo un amago de volverse por donde había venido. Pero ya tenía bastantes tribulaciones con los remordimientos del día anterior. Se impuso su sentido del deber. Con un visible esfuerzo, sacó fuerzas de flaqueza y, dispuesto a todo, penetró en el vagón y empezó a requerir los pasajes. Sin embargo, la lentitud con que se demoraba en leer puntillosamente cada boleto era un claro indicio de que deseaba diferir hasta el infinito el ingrato momento de enfrentarse conmigo. Turpin cambió palabras amables con las damas, proporcionó copiosos informes a caballeros que no le habían preguntado nada, acarició a un niño y le permitió, como gran concesión, juguetear con su inalienable maquinita de control. Al fin llegó el instante en que una nueva demora, aunque fuera la más pequeña, la más insignificante, caería ya dentro de lo insólito y aun de lo sospechoso. Entonces, tras una profunda inspiración, con voz perceptible y neutra -como si no me conociera- me solicitó el boleto, sin hacer alusión alguna al sitio que yo ocupaba. Y yo, con un aire magnánimo que, sin embargo, no dejaba trasuntar ninguna expresión triunfal, con un gesto digno de quien se halla más allá del bien y del mal, metí dos dedos en el bolsillo y le entregué el boleto. 

   Alentado por los dos rotundos éxitos obtenidos, continué realizando cosas extrañas y, dentro de todo, inofensivas.
   Un día viajé sentado en el respaldo del asiento. Otro, entoné los primeros versos de la Eneida de Publio Virgilio Marón, adaptándolos hábilmente a la melodía de La Cumparsita de Gerardo Matos Rodríguez. Estas actitudes, que no tenían otro alcance que el de llamar momentáneamente la atención de los pasajeros, no me satisfacían del todo. El artista que latía en mí aspiraba a una obra maestra. Día y noche me devanaba los sesos tratando de componer una mistificación inolvidable.
   Entré así en un periodo de esterilidad, en el que no se me ocurría ninguna buena idea. En estas meditaciones, se me pasaron cinco años. Al fin, acabé por resignarme a mi hado de artista mediocre; acabé por viajar como una persona cualquiera, como una persona no tocada por el genio de la creación. La suerte era injusta conmigo: me sucedía como a esos grandes narradores y poetas argentinos de torrenciales barbas e imponentes anteojos que, a pesar de poseer todas las cualidades necesarias para ejercer con eficacia la poesía y el relato del siglo XX  (falta de imaginación, ansias de publicidad, hermafroditismo, adhesión a regímenes políticos sumamente evolucionados de la Europa oriental, desprecio por la ortografía, ignorancia de las leyes métricas, desconocimiento de la lógica y de la sintáxis, sólida incultura), no lograban -increíblemente- superar la más displicente de las páginas de Jorge Luis Borges. 

   Hasta que llegó un día en que la inspiración -cuando menos la esperaba- descendió sobre mí. Y descendió con tal fuerza que me hizo colmar toda medida, hasta el punto de que ésa fue mi última mistificación.
   Ese día -un 1.º de abril-, sereno el espíritu y clara la mente, libre de ambiciones desmesuradas, sabiamente resignado a mi sino, viajaba, como de costumbre, hacia El Palomar. Lo hacía correctamente. Para coronar mi circunspección leía con atento semblante un artículo de las Selecciones del Reader's Digest, que describía en vibrante estilo las tribulaciones sufridas por un granjero de Prescott (Arizona), cuyas ovejas, otrora mansas y amigables, habiendo sido atacadas por una especie desconocida de murciélagos hidrófobos, se volvían, minuto a minuto, más hostiles y taciturnas. Llevado por la magia del relato, yo no cabía en mí de mi indignación contra esos multiplicados murciélagos que tan inicuamente turbaban la paz del granjero de Arizona. Sólo quería que me dieran un arma y allá partiría yo, hasta la misma Arizona, a matar murciélagos: hasta tal punto me había ganado la buena causa del granjero, que inclusive hice unos movimientos con el índice, como si ya estuviera disparando mi rifle sobre innúmeros murciélagos. Afortunadamente, mi colaboración no era ya necesaria. La fuerza de voluntad del granjero, de su esposa y de sus siete hijos, aunada a un inquebrantable espíritu combativo y a una fe sin límites en el apoyo que las ovejas brindaban a su lucha, que era también la lucha de las propias ovejas, habían culminado en una concluyente y definitiva victoria sobre los murciélagos, quienes quedaron tan maltrechos y destrozados, que al autor del artículo podía decir sin hipérbole que "aquél había sido el más grande triunfo nunca jamás alcanzado por un granjero de Arizona sobre los murciélagos en muchos años".
   Radiante de alegría ante el triunfo del Bien, cerré el volumen, e, impulsado por una súbita elocuencia, me puse de pie, gritando:
   -¡Caras limpias, almas higiénicas!
   A este estentóreo conjuro, los pasajeros sufrieron un sobresalto. Sin darles tiempo para el menor movimiento defensivo, viendo en ellos una hipóstasis de los aborrecibles murciélagos, empecé a arrebatarles los cigarrillos, cartapacios, anteojos, diarios y revistas que, en distintos grados, exornaban sus personas. Frenéticamente arrojaba todos estos objetos a través de las ventanillas del tren. Todo sucedió en pocos segundos. Sobrevino un escándalo difícil de describir y fácil de imaginar. Un gurrumino de bigotitos, que no pesaría cincuenta kilos, me pegó un puñetazo imperceptible en el estómago. Entonces, simulando un ataque de nervios, le repliqué con anárquicas patadas, de las cuales sólo la primera -que lo arrojó a considerable distancia- fue necesaria, y siempre sin dejar de gritar mi enigmático estribillo:
   - ¡Caras limpias, almas higiénicas!
   En términos generales, las mujeres aullaban; los hombres menos civilizados pretendían imponerse por la violencia; los más legalistas citaban de viva voz párrafos de la Constitución; algún escéptico -que nunca falta- sonreía irónicamente. En medio de ese pandemonio, me sentí férreamente inmovilizado: dos agentes de policía me sujetaban de los brazos con una fuerza que hubiera resultado excesiva para sofrenar los ímpetus de un elefante en celo.
   En la comisaría 45 me recibieron con las puertas abiertas de par en par. En seguida me di cuenta de que lo mejor era adoptar la personalidad de un loco pacífico. Contesté las preguntas con respeto, con vaguedad, con incoherencia. En un momento dado, me eché a llorar sobre el pecho de un fornido sargento. A la mañana siguiente, tras una severa amonestación del propio jefe de la sección, me dejaron en libertad.
   Como mis reacciones se estaban volviendo imprevisibles hasta para mí, no consideré conveniente regresar a casa en tren. En medio de la alegría de un sol radiante de otoño, tomé el colectivo 108. Me repantingué en un asiento con felicidad y me puse a reír entre dientes al imaginarme la densa caravana de damas y caballeros que habría recorrido las vías, desde Sáenz Peña hasta Devoto, en busca de, digamos, de sus objetos personales.

Del libro Imperios y servidumbres, Seix Barral / Nueva Narrativas Hispánica


martes, 5 de mayo de 2015

SEMBLANZA PERSONAL EN EL BLOG ESCRITORES RECÓNDITOS


Dibujo de Antonio Beneyto
   

    Son ya más de tres años cultivando la amistad de Francesc Cornadó, arquitecto y poeta barcelonés, que tuve la oportunidad de conocer personalmente en junio del año pasado, junto a Miquel Cartisano. Estos dos amigos, de manera generosa y abierta, trabajan en la difusión de la obra de escritores de Barcelona y otros puntos del orbe, y han tenido la gentileza de incluirme en la nómina variada e interesante del blog ESCRITORES RECÓNDITOS.


          Semblanza en Escritores Recónditos, clicando aquí.






miércoles, 10 de diciembre de 2014

22 MORERÍAS de Elías Moro Cuéllar


Medusa: nube bailando bajo el agua. 

                                Una elipse es un círculo con mala leche. 

El escarabajo pelotero es el Sísifo del reino animal. 

                               Los pájaros son la banda sonora del aire. 

La lluvia es la música del cielo. 


                                        La duda es la termita de la verdad. 

El silencio es música dormida. 

                                         La hiena desprecia los espejos. 

La pereza es una de las formas más cómodas de la rebeldía. 

                         La mentira es una bola de nieve sin freno posible. 

El mayor anhelo del dandi es morir estando de moda. 


La tiza araña las pizarras. 

          Los sonámbulos son nuestros fantasmas de andar por casa. 

El topo conoce mejor que nadie los diálogos secretos de los muertos. Y, discreto como es, se los lleva consigo a la tumba. 

                    El acordeón es el mapa de carreteras de la música. 

Las arpas están hechas para manos de mujer. 


El espantapájaros está deseando que le demos un abrazo. 

                                    El vendaval es el carnaval del viento. 

La farola se enciende de repente para sorprender a los amantes. 

                                    La cicatriz es la memoria de la herida. 

El musgo es la lepra amable de las piedras y los árboles. 

Las golondrinas parecen ir siempre con prisa, y sin saber muy bien dónde se celebra, a una fiesta en la que se exige etiqueta.


          Del libro, 99 MORERÍAS




lunes, 30 de septiembre de 2013

TESTAMIENTO DE AL JUARISMI



La literatura es el sello indeleble. La verdadera vida soñada. El espejo que nos devuelve al centro de las cosas. Aquí está el ordenador, mi querida máquina, muda como una niña a la que he manipulado engañándola con chucherías subliterarias, duras algunas como litera de barracón militar, y otras, en exceso afectadas de una mal atendida pulcritud bastante moña, de escritor virtual aceptado por la logia bloguera en calidad de mosca cojonera de honor.
 
 
       En medio del camino hay personas importantes para mí, certeras plumas del desengaño que aún no han perdido un verbo dantesco, de sublime belleza muy próxima al infierno, sin esperar prebendas de gloria celeste o el inusitado respaldo de alguna editorial digital, en cuyas manos estas palabras se convertirían en emulsiones conceptuales desprovistas de sentimiento y de razón.. Muertos maniquíes asexuados, en la rendición a lo voluble. Palabras segregadas de la vida como una flor de su jardín nativo. Puestas en una maceta junto a la fotografía de un antepasado horticultor. 

martes, 3 de septiembre de 2013

LENGUAS DE TRAPO: novelilla autobiológica, capítulo 3º

Los Países Bajos, un país ideal para nacer, allí se idolatra todo lo pequeño. Cuando mis padres nos trajeron a España definitivamente el cambio fue como de estar en un jardín lleno de tulipanes de colores a verte en medio de una plaza de toros con el astado a punto de salir y la gente tosiendo un poco. España aún era en blanco y negro y en la calle donde vivían mis abuelos sólo había un televisor en una casa, que se llenaba por las tardes de vecinos. El color blanco esperanza de cal de las fachadas dañaba la vista, nosotros que veníamos de casitas de colores y guarderías con columpios, nos adaptamos pronto sin embargo a la crudeza ibérica, sobre todo porque por parte de mi padre, que tenía muchos hermanos, la familía se multiplicó por tres y eran gente joven, el tio Juan con su Derby último modelo al estilo de Ángel Nieto nos daba unos paseos guapos, nos regalaron unos coches a pedales estupendos y a mí me tocó el modelo nouvelle vague, un citrôen monísimo que luego me vi en las fotos y parecía François Truffaut el día de su comunión. Aquella España de la transición en la que aparecimos como niños privilegiados, nos tenía preparadas muchas sorpresas, por ejemplo los grillos y las bolsas de pipas, para los primeros fabricábamos unas guillotinas con trocitos de madera y cuchillas de afeitar que la abuela Rafaela se ponía mala de vernos, con las bolsas de pipas nos hacíamos unas tiras largas que nos servían de cometas y corríamos detrás de las niñas para levantarles la falda, cosas todas que ahora están prohibidas porque nunca ha habido tantas cosas prohibidas como ahora aunque luego de mayor me enteré que por aquella época existía la censura franquista que era algo así como que el policía español si te pillaba en la frontera con un libro de Sartre te lo confiscaba pero para leérselo él, porque había una necesidad brutal de cultura. 
Fue llegar aquí y entrar al cole, prácticamente no me dio tiempo ni de saludar a la familia y me sentaron en un pupitre con un tintero seco, yo hacía el alumno número cuarenta de la clase porque se comprende que venía de lejos y no me iban a poner por mi cara bonita el número uno. El profesor era un señor muy mayor, veterano del Desastre de Annual, manco, así que podíamos tirarle todo lo que queríamos a la espalda cuando se volvía para la pizarra, ahora que si te has quedado manco en la guerra yo creo que desarrollas una especie de indiferencia saludable a todas las gamberradas de los mocosos, y él era así, una persona tranquila que no se inmutaba y a la hora de la verdad, con esa voz de tanque alemán, pausado pero seguro, lograba inculcarnos un respeto a las matemáticas y a la lengua que te cagabas. Así me pasó a mí, que un día, absorto como estaba en las explicaciones del profesor y aún sintiendo que tenía unas ganas locas de mear, me esperé y me esperé y acabé orinándome en los pantalones por no interrumpir la explicación de don Atanasio. Nadie quiso creerme excepto él. No pasé vergüenza porque yo sabía que la mayoría de los que estábamos allí más tarde o más temprano nos mearíamos en los pantalones y a lo mejor no por una causa tan buena como la mía, así que me volví esa tarde con los pantalones hechos una pena y una peste que no se me acercaban ni las cucarachas pero con la cabeza bien alta y mi abuela para recompensar ese acto de gallardía intelectual me puso un hoyo de pan con aceite y una jícara de chocolate.

domingo, 1 de septiembre de 2013

LENGUAS DE TRAPO: novelilla autobiológica, 2º capítulo

Sí, el sillón o el sofá eran esos lugares de privilegio donde dormitaba la abuela, que parecía muchas veces ella misma un mueble amable, una sonrisa de oreja a oreja del sillón con su piel tan blanca y sus pequeñas manos de cuidadora de los niños bien, y sobre todo con su pelo blanco que parecía se lo había dejado así una nube de bondad al pasarle por encima de la cabeza y aunque era una señora muy cristiana yo nunca la vi descomponiéndose como una bruja sin escoba por los pasillos a causa del libertinaje, la bebida, las drogas, las fiestas y todas esas cosas que nuestros padres cuando nosotros no teníamos uso de conciencia aprovechaban de vez en cuando para hacer, ellos tenían un cámara de super-ocho con su correspondiente pantalla y proyector y dos maletines, uno para nuestras películas y otro para las de adultos, veíamos Tom y Jerry, La Pantera Rosa, todo era bastante aburrido hasta que un día, con la confusión de no meter las cintas en su sitio, mi padre, cuando teníamos seis años puso una película que se llamaba Blancanieves y los siete enanitos, pero se conoce que puso la versión para las personas con conocimiento de causa porque a mi hermano y a mí aquello nos pareció muy poco interesante porque salían los enanitos blandiendo unas porras con las que azotaban impunemente a Blancanieves, martirizándola sin venir a cuento y le perdimos el interés pronto, justo un poco después de que mi padre, colorado como un tomate la cambiara por el cuento de Los Tres Cerditos, con el que aprendimos algo de arquitectura y albañilería y como funcionan las agencias inmobiliarias, todo esto claro no lo supo nunca la abuela y si se enteró alguna vez, seguramente fue aquella ocasión en que se cayó rodando por las escaleras de caracol la pobre y se puso tan malita que estuvo a punto de repatriarse pero no nos llevaban a verla no fuese a ser que nos asustáramos de ver a aquél ángel del señor a punto de ascender a su gloria a través de las sábanas blancas del sanatorio, cosas de los padres que creen que a los chiquillos con esas edades tempranas nos importa realmente la salud de la abuela ni del presidente Kennedy, por cierto que cuando pusieron las imágenes del magnicidio en el televisor nos reímos mi hermano Curro y yo (que me llamo Lolo) porque el tal presidente parecía dentro del coche una marioneta en manos de su esposa y daba risa de verlo bambolearse como un tentetieso, luego con el tiempo hemos aprendido la gravedad de los magnicidios y del maltrato animal y la conveniencia de no ponderar los acontecimientos políticos de la Era Contemporránea a la buena de dios... 
 
pero por aquella época de mocosos todas esas efemérides eran para nosotros algo de lo más normal y creo que las saludábamos con un sano buen humor que ahora por desgracia se ha perdido debido a la increíble estupidez con que la opinión pública, que siempre es como el hermano mayor y tonto de la familia, ejerce sobre el resto de sus congéneres uniformando ridículamente las conciencias, en aquella época nada, con un rigor estupendo por ejemplo ya con diez añitos cuando salían los payasos de la tele y decían aquello de "cómo están ustedes" le respondíamos "fatal, peor que nunca" y nos reíamos a carcajada limpia y nos parecía inconcebible que fuesen tan subnormales y nosotros tan listos y por eso esa gran deuda de gratitud que todos los niños de nuestra generación debemos tener con Fofó and company, porque nos hicieron ver muy pronto la tontería tan gorda que tenían encima todos los payasos del mundo aunque no llevasen una nariz roja postiza: a partir de entonces todo aquel que se acercara a nosotros con una sonrisa congestionada o suavona a decirnos pero qué niños tan guapos cómo estáis ya era sospechoso de ser un imbécil y todo gracias a Fofito.

viernes, 30 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / de Bohumil Hrabal, 11ª entrega



Yo, cuando era joven, tenía muy buena imagen de mí mismo hubo un tiempo en que creía que estaría más guapo si me compraba un par de sandalias de correas estrechas, que entonces estaban de moda, y se me metió en la cabeza que las tenía que llevar con calcetines de color lila; me compré el calzado, después, mi madre me hizo los calcetines, y para estrenarlo todo había dispuesto una cita con una chica en la Taberna del Valle; aunque era un martes, sentía curiosidad para ver si la alineación de nuestro equipo estaba expuesta, así que me acerqué a la vitrina para examinar, antes que nada, el metal y la forma de su cerrojo, y sólo al cabo de un largo rato me arrimé lo bastante como para poder leer la alineación, que era la de la semana anterior, pero no obstante la leí una y otra vez, y es que sentía que con un calcetín y la sandalia del pie derecho había pisado algo grande y húmedo; una y otra vez leí la alineación de la semana anterior antes de ser capaz de mirar hacia abajo: tenía el pie hundido en una enorme cagada; en seguida desvié la vista hacia la vitrina para volver a leer los nombres de todos los once jugadores y el mío, que figuraba entre los suplentes, pero no había nada que hacer: al mirar de nuevo hacia abajo, mi pie seguía sumergido en aquella horrible cagada de perro; para remachar el clavo, llegaba la chica con quien estaba citado; me desabroché la sandalia para sacármela junto con el calcetín, lo dejé todo allí y tomé el portante; una vez en el campo, me quedé meditando sobre el destino y sus advertencias: tal vez el dedo divino me reñía por mi intención de convertirme en prensador de papel viejo para poder estar en contacto con los libros.
Ahora me acaban de servir otra jarra de cerveza y me la bebo de pie, junto a la ventana abierta, el sol me hace cerrar un poco los ojos; me digo, podrías dar una vuelta por Klárov, ir a ver aquella preciosa estatua de mármol del arcángel Gabriel, que es el orgullo de la iglesia, de paso examinarías también aquel confesionario fabuloso que el rector hizo construir con la madera de pino del baúl en el que habían transportado la estatua desde Italia, dulcemente cierro los ojos, no voy a ninguna parte, bebo cerveza y mentalmente me veo a mí mismo que, veinte años después de aquella desgracia de la sandalia y el calcetín lila, estoy paseando por las afueras de Szczecin, y en el mercado viejo veo a un hombre que vendía una sandalia derecha y un calcetín lila derecho, me habría jugado cualquier cosa que eran los que yo había dejado debajo de la vitrina de la alineación futbolística, me parecía que incluso era mi número, el cuarenta y uno, me quedé boquiabierto mirando aquella aparición, aquel vendedor que confiaba que en algún lugar viviese un mutilado con una pierna, la derecha, que calzase un cuarenta y uno, a quien un día le daría por salir de excursión a Szczecin para comprar una sandalia y un calcetín lila que harían resaltar sus encantos; al lado de aquel vendedor fantástico había una abuelita que ofrecía dos hojas de laurel, las sostenía entre dos dedos, y yo, embelesado, me di cuenta de que el círculo se había cerrado, mi sandalia y mi calcetín lila habían recorrido medio mundo para interponerse en mi camino como reproche.
(Una soledad demasiado ruidosa)

jueves, 29 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / de B.Hrabal, 10ª entrega



7
Hoy desde el amanecer brilla el sol; como hago siempre que se acaba el agua mineral, pongo las botellas en la bolsa roja y en bicicleta me dirijo hacia la fuente. El sol pega fuerte, estamos en verano, voy descalzo, llevo pantalón negro de pana y una camiseta de importación que compré en Brno, azul, de color pez, en la cabeza un gorro de ferroviario que guardo desde los tiempos en que trabajaba en la estación de ferrocarril, un gorro como éste había llevado Stefánik, pero también Pétain, en Francia esos gorros de ferroviario estuvieron de moda, gorros negros con una cinta dorada y con un emblema. En el mío hubo una pequeña bandera tricolor, y es que cuando se acercaba el final de la guerra, las muchachas que trabajaban de telegrafistas nos cosían dentro del emblema pequeñas banderas checoslovacas. Ahora hace sol, estoy arrodillado delante de la fuente y abro las botellas de whisky, Ballantine y Bell, Thacher y Black and White, 69 Watt, después de haber llenado la primera botella tengo ganas de hacer pis, ya me lo sé, no hace falta que me cuente nada de sus perritos, señor Pavlov, no es necesario ir tan lejos, yo mismo le puedo servir como ejemplo del reflejo condicional, es suficiente con que el agua caiga dentro de una botella vacía y ya me tengo que vigilar para no hacérmelo encima, igual que un niño pequeño. Me voy al bosque y describiendo un amplio arco orino al lado de un precioso abedul, ¡perdóname, magnífico abedul! Y ya vuelvo a arrodillarme, ¡plaf!, el pie descalzo sobre la arena mojada y el barro alrededor de la fuente, voy llenando las botellas, otra vez oigo la llamada del reflejo condicional, ¡mil veces perdón, maravilloso abedul!
 
Estoy arrodillado cerca de la fuente de agua mineral que brolla eternamente de la tierra desde una profundidad de ochenta metros, desde un lago subterráneo; mientras los recipientes tienen las formas más diversas, el agua siempre es la misma, siempre deja una capa rojiza sobre el cristal; encima de mí se alzan los pinos de Kersko, el cielo es azul, por el camino principal, que parte los bosques como si fueran una espesa cabellera, pasan de largo coches, gente en bicicleta, el señor Major que es ciego y camina con su bastón blanco, acompañado por su perrito, yo me amalgamo con el chorro ruidoso, me convierto en él, desde el fondo de mí mismo una primera columna de agua se levanta hacia arriba, las partículas se abren camino y se precipitan hacia el cielo, partículas de oscuridad y de luz, una explosión vertical, el susurro de las burbujas y el regusto de los óxidos, veo mi pie descalzo, encima del cual, a la altura de la rodilla, el agua brolla de la pared, de un tubo que surge del muro de una casita, chorreo yo mismo dentro de las botellas que sostengo con los dedos. Hace años, el agua brotaba en un estanque donde se bañaban los terratenientes y las personas que padecían de reuma, quien quería agua para beber pagaba veinte céntimos, ahora es gratis pero el estanco está enterrado, ya nadie se puede curar el reuma en él, echado como en un balneario; allí cabían seis personas acostadas, no era nada pequeño. Cuatro kilómetros más allá, por el camino de Sadská, allí donde está aquella orgullosa y bella iglesia que construyó el mismo Dientzenhofer, había un auténtico balneario donde los pacientes se curaban con la misma fuente y con esta misma agua con la que lleno las botellas, y en el precioso balneario barroco de dos pisos había bañeras de madera de lárice, el propio Mozart se bañó en una de ellas; más tarde convirtieron el balneario en un restaurante que se llamaba Pequeño Palacio, pero después de 1948 lo derrumbaron para construir allí unas pocilgas, aunque delante mismo sigue habiendo aquella majestuosa iglesia barroca. Primero un balneario, luego el Pequeño Palacio, al final pocilgas, pero la iglesia es siempre la misma. Y yo saco el pie desnudo, mi pie desnudo, de la arena mojada... ¿A qué se debe esa ansiedad por caminar descalzo desde la primavera hasta el otoño? En la escuela, ya a finales de marzo, me quitaba los zapatos, tanto envidiaba a Sedlácek y a Zavazal, que no llevaban zapatos. Cuando era estudiante universitario me ganaba cuatro perras ayudando en la cosecha, y tenía la piel de los pies tan dura que parecía la suela de los zapatos, así que podía caminar descalzo sobre un campo de rastrojo como si nada, descalzo cargaba carros de trigo, descalzo subía con sacos llenos de grano por la escalera de caracol al granero, una vez arriba deshacía el nudo del saco y ¡pataplof!, qué gozo sentir cómo el grano se derramaba, cómo caía sobre el montón, qué delicia verlo a la pálida luz de la pequeña ventanilla en el techo del granero... Cuando era aprendiz de ferroviario y ya llevaba el uniforme y esta misma gorra que llevo ahora que estoy arrodillado cerca de la fuente, un día fui a pasear a la plaza mayor de la ciudad, en uniforme, pero sin zapatos, descalzo. La gente se volvía a mirar, yo estaba rojo como un tomate, pero seguía caminando descalzo, sudaba de vergüenza pero venga caminar, y es que caminaba encima de mí mismo, no lo hacía para asustar a nadie, no, me sentía como si fuera el rey del mambo, tenía la impresión de que algo como caminar descalzo por la plaza dejaría mi nombre grabado...
 
 
¿Dónde? Allí donde llegué a través de todo un túnel de tiempo y espacio, hasta aquí, hasta la fuente donde estoy arrodillado y me miro el pie desnudo y el agua mineral llena la última botella. A mi abuela le encantaba caminar descalza y lo hacía siempre: por el patio, en la viña, en el jardín de los manzanos, en el huerto cuando recogía judías, y el domingo, cuando íbamos a buscar un barril de cerveza con el cochecito de los niños, todo el mundo se quitaba los zapatos, la abuela y el tío, y puesto que era domingo, caminaban con los pies enfundados en unos calcetines. Cuando era pequeño, por la mañana me despertaba el ruido del agua que manaba de la fuente en que la gente se lavaba los pies, y al atardecer, antes de volver a su pueblo, otra vez, la misma ceremonia, sí, los campesinos de aquel entonces iban descalzos desde la primavera hasta el otoño. Y a mí siempre me ha llenado de orgullo imitar lo que hacía mi abuela y mis familiares y todos los campesinos de los pueblos vecinos...

miércoles, 28 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / Bohumil Hrabal, 9ª entrega




6
De madrugada, bañado en sudor por el horror de algo desconocido, se me ofrecen imágenes que me llenan de miedo, pero también surgen otras que me curan. Esta noche no he podido dormir ni con somníferos, el único efecto que me han producido es el miedo al dolor de cabeza, que es su efecto secundario; toda la mañana me he sentido como si tuviera resaca. Pues bien, de madrugada se me ofreció una imagen... yo pasaba las vacaciones en los Tatras, con unos amigos, y un día nos apeteció subir en el teleférico a la cumbre de la montaña de Grúñ. Era verano, la mañana era más bien fresca y una cuerda muy larga, de la que colgaban las sillas, remolcaba hacia la cima un sinnúmero de figuras humanas, de jerséis y cazadoras de todos los colores, de rodillas desnudas, y como aún nadie hacía el viaje de regreso, todos los rostros vueltos hacia arriba y las siluetas inmóviles subían hacia la cima, de allí bajaban las sillas con el asiento plegado, de modo que se podía leer el número de cada una, los números iban disminuyendo, cada uno más bajo que el anterior, mientras las pequeñas ruedas chirriaban melódicamente, en cada poste había cuatro y en el que hacía tres había seis... 

 

De modo que subimos para quedarnos a comer y pasear hasta el pie de las más altas montañas, admirar las vistas de los valles de Vrátná Dolina desde los numerosos miradores y luego, a media tarde, bajar en el teleférico. A medida que íbamos bajando, las montañas crecían alrededor de nosotros, y a nuestro encuentro, a intervalos de tres en tres o en grupos más grandes, venían subiendo sillas con personas ceremoniosamente sentadas, casi todo el mundo miraba a los ojos del que venía a su encuentro, y los números de las sillas vacías que bajaban disminuían mientras los de las que subían crecía. Pero en esta primera ronda sólo me fijé en los rostros de las bellas muchachas, de los jóvenes, los niños y los ancianos... y al cruzarnos, todos bajaban la vista para volver a alzarla en el último momento y mirarnos un rato, una mirada fugaz pero tan profunda que aquel descanso se convirtió en un viaje extenuante, hasta el punto de que casi todos los participantes en ese viaje pendular de sillas suspendidas se sentían fatigados por el juego de miradas y trataban de evitar la mirada del otro, pero la fuerza del fluido que irradiaban los ojos podía más que nada, y el viaje era un vuelo surgido de los sueños, impregnado de esperanza, un flirteo de un orden más elevado, un paseo dominical por la plaza, un juego de miradas que debilitaba el cuerpo y excitaba el alma. Al llegar abajo, cuando el viajero liberaba la barra de seguridad de su asiento como si descendiera de unos caballitos de feria, un operario tuvo que ayudarnos a bajar de las sillas, poner el pie en tierra firme, viajeros extenuados hasta el punto de que las piernas no nos respondían, tan desfallecidos nos había dejado aquel juego de miradas... Y mientras tanto mi silla, aún tibia, dio la vuelta, ruidosamente, arrastrada por el mecanismo y su número, que al bajar disminuía aritméticamente, una vez en la base empezaba a adquirir valor numérico y ya se dirigía para acoger a un nuevo viajero, y yo, ebrio de tantas miradas humanas y tambaleándome, fijé la mirada cansada en un enorme contrapeso cúbico de hormigón, reforzado con barras de hierro, que con su fuerza de diez toneladas tensaba el cable que se dirigía desde el valle hacia arriba, hasta la cima del Grúñ... las vigas estaban pintadas de rojo, el cubo de negro, la pintura se pelaba y se entreveía el color del hormigón vertido. Después de aquella primera experiencia mis amigos no desearon sino volver a subir y a bajar en teleférico, cada día hacer de nuevo aquel viaje que tenía un no sé qué de erótico, aquel viaje melancólicamente bello, bello como un ensueño. El pintor Jan Smetana estaba tan maravillado por aquella ronda que parecía embellecido, y cada noche hablaba de aquella experiencia voluptuosa, de aquel lujo que nos permitíamos, de aquel sueño erótico que duraba veinte minutos arriba y veinte minutos abajo, a seis coronas el viaje. Y Jan Smetana me dijo, subiendo y bajando para saborear las miradas de las muchachas que ascendían al cielo, el verlas acercarse y alejarse sin podernos evitar, sin poder esquivar nuestros ojos ansiosos, como si paseásemos por la plaza mayor de una ciudad, donde las miradas vienen al encuentro y en seguida se buscan atrás... pues Jan Smetana me dijo en una de las últimas rondas que aquella experiencia le hizo pensar en una pintura de Rene Magritte, aquella en la cual llueven señores del cielo, todos iguales, vestidos con un traje de confección y un sombrero hongo... Jan Smetana me confesó un sueño... estaba plantado al pie del teleférico y no había nadie, las sillas subían y bajaban, y de repente llegaron sesenta Rene Magrittes y uno tras otro se sentaron en las sillas del teleférico y subieron, y Jan Smetana hubiera querido pintar el momento en el que el primero de los sesenta Rene Magrittes empezó a bajar al encuentro de toda la procesión, sí, le hubiera encantado pintar ese momento en homenaje a Rene Magritte... Y a mí, que tengo que tomar somníferos para poder dormir un ratito, por la madrugada me visitan imágenes, imágenes que me asustan pero a las que acabo dando la bienvenida porque no tengo más remedio, a mí un día se me apareció el teleférico de Grúñ, soñé una variación del sueño de Jan Smetana... nadie subía ni bajaba, las sillas chirriaban vacías, los números disminuían y luego crecían... y súbitamente vi a Goethe plantado en la cima de Grúñ, y a otro Goethe, con el mismo traje y de la misma edad, abajo, ambos se hicieron una señal y subieron a la silla, uno arriba y el otro abajo, ambos se acomodaron, vi cómo se acercaba el momento en que estarían tan cerca que se podrían dar la mano... y vi cómo pasaban de largo, al igual que le pasó a Goethe en realidad camino de Italia y su carroza topó con la que volvía de Italia, Goethe se había encontrado consigo mismo y anotó aquel encuentro insólito... Y en aquel momento en la madrugada yo fui consciente de que sería retribuido por el insomnio, por haber sudado, por el horror de tener, bajo los párpados cerrados, los ojos abiertos como margaritas, acechantes... 

 

Y volví a ver el teleférico abandonado de Grúñ, las máquinas estaban en marcha, las ruedas giraban, las sillas venga subir y bajar, los números ahora disminuían, ahora crecían, yo estaba al pie del teleférico y en cada silla me metía a mí mismo, empezando por el niño de americana roja y sombrero negro con plumas de gallo, luego vino un muchacho vestido de marinero, después un estudiante muy apuesto, todas las fases de mi vida durante sesenta años las fui metiendo una por una en las sillas que subían al cielo, en unas sillas marcadas con números crecientes, y una vez en la cima de la montaña, cuando el niño de la americana roja de botones dorados saltó al suelo, los números empezaron a disminuir en las sillas que bajaban... y entonces fui yo quien subió en la silla, yo, un viejo medio calvo con una sonrisa cándida, alcé la vista y vi cómo sesenta figuras masculinas subían al cielo delante de mí por aquella escalera de Jacob, vi las cabezas y las espaldas de sesenta momentos, uno por cada uno de mis años... y a medida que subía contemplaba cómo un niño de americana roja bajaba a mi encuentro, de repente vi cómo ambas procesiones de mi vida se cruzaban, y lo más importante era que a mí, un viejo, se me acercaba un niño de americana roja. Nos podíamos dar la mano pero no lo hicimos, sólo nos contemplamos y sí, sí, ahora era yo quien subía la escalera de Jacob y bajaba al mismo tiempo, mis sesenta años iban pasando y yo observaba aquella triste y exultante confrontación, la cremallera rota, los dos trenes que se cruzaban en una estación irreal, no veía nada que no fuera mi propio rostro, mi propia figura, me veía por delante y por detrás, crecía para volver a disminuir, y cuando, una vez en la cumbre, la silla del último de los yo dio la vuelta, vi que el camino por el que los yo se habían alzado al cielo estaba vacío, pero al pie un muchacho vestido de marinero acababa de bajar de la silla y saludaba agitando la gorra marinera... y así, cada una de las figuras, todas más jóvenes que yo, una por una bajaron de un salto, la cadena entera había bajado ya para perderse bajo los pesos gigantescos... y yo continué plantado allá arriba, el teleférico se movía, todo chirriaba y brillaba...

En aquella visión matinal vi a Jan Smetana que sonreía, contento, con los ojos cerrados, y yo le dije... Salir es nacer y entrar es morir... ha escrito Lao Tse... Y Jan Smetana asintió con la cabeza y dijo, te lo agradezco...
El teleférico de Grúñ, sillas de plástico color rojo coral, azul cielo, amarillo plátano, con los números negros pintados en los asientos y los respaldos...
Todo lo que se aleja vuelve.
El eterno retorno de lo mismo...
Todo surge de su contrario.
El teleférico de Grúñ.

domingo, 25 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / B.Hrabal, 8ª entrega



5
Ahora cuando me miro no sólo a mí mismo sino a los acontecimientos políticos del mundo, me doy cuenta de que el arte es su reflejo. Goethe mismo quiso ver a Napoleón y, sentado en su antesala en París, pudo comprobar que ante Napoleón no sólo temblaban sus generales sino que, antes de encontrarse cara a cara con el hombre que había sacudido Europa, también él temblaba. Beethoven estaba tan entusiasmado con Napoleón y las ideas que éste ponía en práctica, que en su honor escribió la sinfonía Heroica. Poco importa si la hizo jirones cuando Napoleón se hubo proclamado emperador. El Manifiesto comunista de Marx se encontró reflejado en Mallarmé, que completó la frase de Marx «cambiar el mundo» con la divisa poética moderna «cambiar las palabras». Y hay que añadir que Rimbaud, el año 1871, llevó a término una revolución de cuyo alcance era perfectamente consciente, y me parece que no sólo en la forma sino también en el contenido de su arte; los impresionistas arrancaron la mitología del mundo burgués. Hicieron la pintura más humana, la acercaron al hombre corriente, alabando las capitales y las muchedumbres que llenan sus calles. Creo que con su naturalismo Zola purificó el mundo clásico hablando a favor del huomo qualunque. Y Vincent van Gogh y Toulouse-Lautrec y Gauguin simpatizaron con la transformación de la ideología burguesa en democracia. Me parece que Hojas de hierba, de Walt Whitman, apareció más o menos en el mismo año que El manifiesto de Marx, y diría que Las flores del mal de Baudelaire van estrechamente unidas con el final del arte clásico que dio paso a la poesía de la vida cotidiana hasta tal punto que le acusaron y condenaron por haberse tomado demasiada libertad en su expresión poética. Creo que con su cubismo analítico Picasso hundió la poética burguesa clásica, aunque más tarde con frecuencia volvió a ella. Y he aquí Edvard Munch y Egon Schiele y los dadaístas que pusieron en práctica la consigna de Mallarmé «cambiar las palabras», y la de Rimbaud: «cambiar la vida», y la de Marx: «cambiar el mundo». Y he aquí que el grupo poético de los surrealistas participó, durante poco tiempo pero profundamente, en la transformación revolucionaria del mundo: posiblemente en aquella época nadie como los surrealistas iban más estrechamente unidos a Marx y Lenin y Trotski y su revolución permanente. Me parece que incluso yo mismo he participado en la ley del reflejo de las ideas políticas y los acontecimientos políticos, y mucho más de lo que suponía. El mundo perfumado, ese libro que Teige escribió como manifiesto del poetismo, ese libro que en 1936, cuando me empezó a interesar la poesía, era la Biblia para mí, pues ese libro también estaba influido por el concepto de modernidad de Mallarmé y de Rimbaud.

sábado, 24 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / Bohumil Hrabal, 7ª entrega



3
Sólo ahora sé que la setentena, cuyo aliento ya percibo en la nuca, conlleva la esclerosis natural y la esclerosis artificial, sólo ahora, cuando ya hace cuatro meses que mi mujer se ha jubilado y por lo tanto se queda siempre conmigo, sólo ahora conozco el infierno que uno ha de soportar.
No debo marcharme, eso sería demasiado fácil, demasiado barato, como cien gramos de salchichón a tres coronas cincuenta, es necesario hacerse cargo de ello, asumirlo, escuchar a mi mujer, oír todo lo que dice y al mismo tiempo no abandonar los propios pensamientos, nunca, en ningún momento, antes tenía tiempo libre y no lo valoraba, tiempo sólo para mí que malversaba inútilmente como un heredero que echa la casa por la ventana.
La esclerosis natural no me preocupa porque si tuviera que recordar todo lo que he leído, vivido, experimentado, todos mis textos de escritura automática y mis estúpidos collages, estaría para que me ingresaran en un manicomio, y es que si el cuerpo, por medio del sudor y de la defecación se libra de los restos de comidas y bebidas, la memoria al final hace lo mismo: existe un mecanismo que borra todo lo que no es esencial, todo lo que le hace daño al cuerpo. Y sólo con pensar en la dulzura de los rayos solares sobre la piel, y en ese estado magnífico que aportan los cambios de la presión barométrica, en aquellas afasias en las que uno se queda como fulminado y aunque le maten no recuerda palabras tan banales como mesa, silla, su número de teléfono o el nombre de pila de su amigo...


A veces esa naturaleza esclerótica mía me toma por sorpresa, me parezco entonces a los viejos que, atontados, se sientan en un banco de pueblo, a menudo en verano me quedo contemplando mis pies desnudos, me maravillan mis dedos, sobre todo los dedos pequeños medio rotos y dislocados, otras veces abro las manos y las miro como si las viera por primera vez. Lo hago así cuando me abandona la esperanza, la esperanza de cualquier cosa, de cualquier cambio, aunque fuese sólo ambiental, entonces miro las agujas del reloj cómo se desplazan poco a poco, cómo llegan a marcar la una y cinco minutos, entonces presto atención para ver si me abandona ese dolor en la nuca, si me abandonan el miedo y la angustia. Antes saboreaba esa especie de imbecilidad provocada por el cambio de tiempo o por la resaca, saboreaba ese estado, espantoso y bello al mismo tiempo, pero hace ya más de cuatro meses que mi mujer está en casa, ella que en el fondo de su alma femenina odia todo lo que a mí me gusta. A mí me encanta no comer nada a la hora del desayuno porque si tomo algo sólido, mi cerebro se llena de comida y no se presentan aquellos pensamientos chisporroteantes tan propios de mis antiguas mañanas, posiblemente provocados por la sensación de hambre o por el café matinal acompañado por tres cigarros muy fuertes; sólo el café y los cigarros me despiertan a la vida tras una noche de insomnio, y todas lo son, tras esas mañanas en las que he perdido las ganas de vivir, de estar en el mundo, y todas son así; el primer cigarrillo me despeja, el segundo me da náuseas y con el tercero palidezco hasta perder el color, pero ése es mi ceremonial, mi ceremonia matinal, mi misa, sorber el café y fumar ansioso como quien fuma en la cárcel, rápidamente... Así solía fumar, y acompañaba los cigarrillos con traguitos de café, miraba por la ventana sin ver nada, sin procurar nada y así llegar a la situación cero, no pensar en nada, escucharme a mí mismo por si aparecía algún tema, por si algo surgía en la superficie como una mancha en un estanque, algo del almacén de mi pensar, sentir, errar, algo que emergiese, una primera frase con que empezar a deshilachar el gran jersey del texto, pues escribir es para mí tomar el primer hilo del que sé que, apenas enhebrado en la máquina, me pondré a escribir de prisa y no podré parar hasta haber deshecho todo el jersey del inconsciente... Aquéllos eran los buenos tiempos, una época de lujo. En cambio, ahora por la mañana mi mujer me sirve una pasta o una rebanada de pan untada con mantequilla, me mira con expresión severa y de vez en cuando dictamina: Tomar café y fumar en ayunas es lo peor para la salud... ¡Acuérdate que no me quiero quedar sola!... Y le brotan las lágrimas ante la idea de que yo esté a punto de morir y ella tuviera que quedarse sola. Además, ahora mientras fumo ya no miro a lo desconocido porque cuando lo hago ella me grita: ¡No te quedes así como un bobo! Y a mí se me pasan las ganas incluso de tomar café y de fumar, hace cuatro meses que mi mujer me ha cortado todos los hilos. Y como si eso no fuera suficiente, me llena, me embute el tiempo de infinidad de tareas que debería cumplir: ir de compras, esperar por la tarde al limpiacristales, no vagar como un desgraciado y mirar de pintar el comedor, ir al dentista y al sastre, lavarme las manos al salir del lavabo, lavarme los dientes cada día, cambiarme los calzoncillos, no mirar como un pánfilo, cambiarme la camisa más a menudo porque si las llevo hasta que huelen como una pocilga, entonces no hay quien las lave... De modo que además de las manchas en el sol, del tiempo cambiante, de la cercanía de los setenta, de la esclerosis natural, además de todo eso también está mi mujer, muchas veces la interrogo para saber si no ha tenido algún hijo que hubiera dado a educar en alguna parte, porque, digo, qué maravilla sería si pudiéramos tener aquí sus hijos, a lo mejor ya casados y con niños, y así ocuparnos de los nietos, mi mujer sería la mar de feliz, yo les iría pasando dinero y lo mandaría todo al cuerno. Pero ni mi mujer ni yo tuvimos un pecado de juventud palpable, ella está sola y yo también... Así que mi mujer no tiene a nadie de quien ocuparse, sólo de mí, me quiere educar y además me pide que la distraiga, que la lleve al cine, al teatro, que le presente gente...


mientras que yo no tengo ningún deseo aparte de quedarme solo. Y yo tengo que estar solo, así lo quiero, ¡tendré que encontrar la soledad dentro de mí mismo! Y si Jirí Mucha pudo escribir toda una novela, Sol frío, en la cárcel, pues por qué yo no podría seguir escribiendo como cuando mi mujer trabajaba, qué me impide alcanzar una soledad exclusiva, taparme los oídos, saber encerrarme en mí mismo, aprender a hacerme el sordo, el mudo y el ciego, como escribí en uno de mis textos, insistiendo en la soledad ruidosa en medio de los bebedores de cerveza... Ahora tendré que comenzar a vivir como los protagonistas de mis libros, en medio de la familia, de la multitud. ¡Aquí estoy, delante de la máquina de escribir! Tengo el hilo inicial, sólo hay que tomar la cuchara para intentar trasladar el mar entero como el niño de San Agustín, estoy sumergido en la oscuridad, mirando por el ojo de la cerradura una habitación iluminada más allá, al otro lado de mis ojos. La belleza de escribir está en que nadie te obliga a hacerlo. Y yo, a estas alturas, siento que escribir es mi cura, mi sanatorio psiquiátrico... y mi consultorio sentimental.

viernes, 23 de agosto de 2013

BESTIARIO ENDÉMICO: el saponcio pilatos

En las vastas regiones sin aurora de las praderas de Tulandia llueve a mares en verano, y se forman suculentos charcos donde se ha ido desarrollando esta curiosa variedad de anfibio, especializada en la usura moral, económica y amorosa, denominada saponcio pilatos (jabonosus ranae). Se conoce que con el recalentamiento de los charcos y la proliferación acuciante de gérmenes antropomórficos, esta bella variedad de sapo ha desarrollado en sus genitales un tipo de vida superior que por el momento ha sido calificada, con muchas reticencias por parte de la comunidad científica, como homínido de buen ver. Parece ser que tiene unas dotes excelentes para acumular dinero y pensar por sí mismo, pero, como quiera que todos sus pensamientos pasan finalmente (vía órganos reproductores, estómago, pulmones y cerebro) a través de su verdadero propietario que es el sapo, sus excepcionales cualidades quedan ostensiblemente mermadas.

    Está estudiándose con sumo detenimiento la posibilidad de extirpar de los genitales del saponcio (animal sagrado en Tulandia) esta excrecencia de tan inmejorable aspecto que amenaza gravemente con suplantar a la especie principal. Esto traería pingües beneficios para toda la sociedad, ya que el cerebro de estos homínidos adláteres está compuesto por una sustancia muy apreciada en cosmética femenina denominada matería gris. Con ella se fabrica un jabón para la higiene íntima de las Tulandiosas, que como a nadie se le oculta, son muy coquetas. Además se lo puede utilizar como amante. No da un ruído.

QUIÉN SOY YO / de Bohumil Hrabal, 6ª entrega



2
He aquí un hombre que no es él mismo; inmóvil, contemplo Praga desde lo alto, delante del monasterio de Strahov, a mis pies se extienden los jardines del Seminario, en el fondo está la catedral de San Vito, el Castillo. Aquí estoy yo, casi calvo, la frente arrugada donde lo llevo todo, como un soldado romano. Profundas arrugas en las comisuras de los labios y la boca que se me hunde por los dientes arrancados y la prótesis. Los ojos también se hunden, de dormir poco y de beber en exceso.
Mi cerebro es la nuez de Cenicienta, en vez de vestidos tengo ahí toda clase de trastos viejos, de situaciones límite, de carambolas, de fisionomías, de fragmentos de frases, de acontecimientos, viejo trastero que agota mi cabeza, a punto de reventar. Camino como un palo de telégrafo porque me han sacado seis vértebras cervicales. Me gusta la soledad ruidosa, el grito silencioso, las pistas de tenis. Llevo un polo a rayas horizontales, que me compré una vez en Nuremberg, al salir de la bodega del ayuntamiento donde había tomado cerveza de trigo que chisporroteaba como si fuera champán. Encima del polo llevo una cazadora Burberry, cuando la vi en Chipre no lo pude resistir y la compré. Llevo el cuello levantado, en la mano tengo el volumen octavo de la Historia del Arte de José Pijoan, y la cremallera de la cazadora está abierta hasta abajo. Chulo. Detrás de mí se alza el Castillo real, y me repito los nombres de los que desde él reinaron: los príncipes de Bohemia, los reyes de Bohemia, los Habsburgo, los presidentes de la república, Hitler, más presidentes, luego Jruschov y Breznev, toda una amalgama acumulada en mí; añadamos a eso la sangre francesa que circula por mis venas, y es que un soldado de Napoleón, herido en la batalla de Austerlitz, dejó embarazada a una chica de Moravia, una de las mujeres que le arrastraron a su casa para curarle. Y a juzgar por los pómulos salidos, pertenezco a los habitantes de Moravia, porque los ávaros, los tártaros y los magiares dejaron embarazadas a las mujeres y las hijas de Moravia... Y ahora estoy aquí, con los ojos como platos. Clarísimo, este país es demasiado bonito para que pase desapercibido a los ojos de sus vecinos; durante el tiempo que llevo aquí, he recorrido no sólo mi propio destino sino también el de este pueblo, invadido por el ejército soviético como hace miles de años por el renacimiento otoniano. No hay nada que hacer, es mejor pensar que todo está bien. Mi bisabuelo, descendiente del ejército francés, solía emborracharse a tal extremo que pocas veces llegaba a casa, prefería la cuneta. Sólo abandonó esa costumbre después de que mi abuelo Tomás y su hermano intentaron ahogarle. A una tía lejana le gustaba hablar en alemán, un primo lejano cayó delante de Stalingrado con uniforme del Reich. A mi abuela Kati, cuando se casaba, le nació su hermana. Su hermano mayor, Methud, insultó a su madre porque le parecía de mal gusto tener hijos cuando casas a una hija. Los dos hijos de Methud nacieron mudos. Él empezó a rezar creyendo que los hijos mudos eran un castigo por haber insultado a su madre. Cuando fueron mayores, sus hijos mudos entraron en un seminario para dedicarse a la venta de hábitos clericales. Una prima, Milada, se enamoró del hijo de un carnicero que, como segundo hijo, fue obligado a estudiar teología para convertirse en sacerdote, pero, al morir su hermano mayor, al casi sacerdote le llamaron a casa para convertirlo en carnicero. Pero nadie habría dicho que fuera carnicero. Milada se casó con él y le ayudaba en la carnicería hasta que llegó el Ejército Rojo; entonces se hizo comunista, a partir del cuarenta y ocho fue gerente de una empresa nacionalizada y no quiso saber nada más de la carnicería. Ése, pues, es un pequeño fragmento de mi ramificadísima familia. Durante la guerra, mi primo Václav cantaba en la ópera alemana. Después se hizo miembro del partido. Éste es un trozo de mi familia y de hecho un trozo de mí mismo, como lo es el destino del Castillo de Praga, y el destino de un país que, por ser tan bonito, siempre ha sufrido invasiones o amistades teñidas de sangre de parte de sus vecinos más fuertes que quisieron hacerlo suyo. En el año treinta y nueve, cuando el país se llenó de alemanes, invité a casa, totalmente borracho, a varios soldados jóvenes que no encontraban alojamiento. En el cuarenta y cinco, al llegar el Ejército Rojo, traje a casa a dos o tres soldados soviéticos que se instalaron allí hasta recibir la orden de retirada. Ése también soy yo. A cualquier persona que me viene a ver, a cualquier persona que encuentro, la escucho y le hago caso hasta olvidarme de mí mismo. Así, escuchándola, muy pronto estoy de su parte. Y no me doy cuenta de lo que acabo de hacer hasta que ya es demasiado tarde. Sólo entonces despierto de mi atontamiento. ¿Es una ventaja? ¿O más bien un error? Yo soy quien soy, o más bien soy los demás, todo lo que se halla fuera de mí. No soy sino una máquina fotográfica, una cinta magnetofónica. Y después, guiado por ese manual autodidáctico mío, recorto sólo mis imágenes, mis palabras. El mejor personaje que hay en mí, mi manual, mi maestro, me aconseja hacer caso a los que quería de pequeño y más tarde en mi juventud. Las personas a quienes les falta un tornillo, las personas corrientes sin ningún trabajo especial, los perdedores, los que están en el margen del abismo de donde no hay retorno, los niños y las chicas guapas, la gente que vive en chabolas y en viejos vagones reformados, las personas sin demasiada formación y que tal vez por eso prefieren las cosas corrientes y las conversaciones de cada día, las personas que no tienen nada más que el honor y el saber avergonzarse, balbucear, cometer una plancha tras otra y dar pasos en falso y, cuando alguien les mira directamente, enrojecer como una gamba, la gente que sabe cultivar nabos y patatas en el huerto de su casa y que sabe engordar un cerdo...


Es en esa clase de gente en la que ahora pienso, plantado delante del monasterio de Strahov, enfundado en un polo a rayas comprado en Nuremberg y en una cazadora de color azul marino desabrochada y con el cuello levantado como se lleva hoy en día, con un libro sobre arte moderno traducido del castellano en la mano, mientras por mi sangre circulan partículas de franceses, magiares, tártaros y ávaros... Y contemplo mis zapatos, son marrones, perforados, comprados en Larnac, en Chipre, allí mismo donde nació Zenón de Citio, fundador del estoicismo, y en vida del cual los griegos traspasaron su imperio a los romanos, traslado imperii, y Zenón, si no quería amargarse la vida, no tuvo más remedio que convertir la derrota en triunfo, vivir a costa de quien reinaba entonces y, con la vista puesta más allá, compartir los sufrimientos de su nación, que eran los suyos propios. Estoy plantado aquí, diez arrugas coronan mi frente, estoy de pie como un viejo San Bernardo y miro a lo lejos, muy lejos, hacia mi infancia, hacia el alba de la historia de este pueblo, y es de eso de lo que ahora vivo...

jueves, 22 de agosto de 2013

QUIÉN SOY YO / de Bohumil Hrabal, 5ª entrega



Cuando estudiaba en el instituto ya podía beber cerveza, y allí donde íbamos yo era el primero en hacer publicidad de la cerveza. No paraba de empinar el codo y decía en voz alta, ¡Caramba!, ¡qué cerveza!, y vaciaba una jarra tras otra con tanto gusto que no sólo el tabernero sino incluso todos los clientes quedaban maravillados... Así pues, rondábamos por las tabernas, yo bebía cerveza por todo un regimiento y siempre tras la tercera jarra empezaba a hablar por los codos; donde más nos gustaba dejarnos caer era en la cervecería de Vodvárka; y es que el señor Vodvárka era un personaje extraordinario, siempre desenfadado, no había nadie como el señor Vodvárka, era el número uno. Cada vez que venía a vernos, a mi padre se le ponían los pelos de punta: su llegada significaba tener que ir a Praga y una vez allí, directamente a Smelhaus, sí, el alma se le iba detrás de esa cervecería. En cuanto entrábamos, el señor Vodvárka pegaba un billete de cien coronas en la frente del violoncelista, de manera que, la próxima vez, apenas aparecíamos en la puerta, los músicos ya tocaban una polca animadísima... Una vez acomodados, mi padre no cesaba de recordar que ya era hora de irnos, pero el señor Vodvárka no paraba de girar como una peonza, sonriendo y lanzando sus chistes en todas direcciones; mi padre estaba triste porque no podía beber demasiado, tenía que conducir, primero la moto y luego el coche, y cada vez que íbamos a Praga el señor Vodvárka decía, pararemos un momentito en Smelhaus... y siempre salíamos a la hora de cerrar, acompañados por los músicos, que tocaban para nosotros incluso en la calle, y al rayar el alba el señor Vodvárka nos hacía parar en un pueblo a medio camino de casa, despertaba al tabernero y pedía cerveza y café, también despertaba a los músicos para que tocaran para nosotros, y llamaba a las ventanas de todas las casas del pueblo por si los habitantes nos querían acompañar y divertirse con nosotros, y mi padre se sentaba como una estatua sin dejar de mirar el reloj y murmuraba que al cabo de un par de horas tenía que estar en la oficina de la fábrica de cerveza... Cadenas enteras de tabernas y cervecerías y bares y restaurantes frecuenté de pequeño, de adolescente y de adulto, en mis numerosísimos y variadísimos empleos...

Ahora, pues, estoy sentado en El Tigre de Oro, sonriendo, durante todo ese rato no he oído nada ni a nadie, como si me encontrara solo en medio de un bosque en calma; sólo oigo al señor Ruis que cuenta... Al llegar a Copenhaguen, en el aeropuerto nos esperaban dos coches, era la primera vez que aceptábamos una invitación sin saber quién nos invitaba, quién tenía que pagarnos aquellos honorarios verdaderamente dignos de un rey. Los coches atravesaron la oscuridad, salimos de Copenhaguen, dos señores, cada uno en un coche, vestidos con smoking, tranquilos, nos acompañaron hasta un gran edificio, se abrió una puerta enrejada y los coches entraron en el patio por los barrotes en las ventanas supimos que estábamos en una cárcel. Luego nos llevaron a un banquete presidido por el director de la cárcel, para, más tarde, tocar delante de los prisioneros que abarrotaban la capilla... Interpretamos un concierto de Dvorák y el cuarteto De mi vida de Smetana, y mientras sonó la música reinó un silencio tan absolutamente sepulcral que nos dimos cuenta de que nunca habíamos tenido un público como aquél; al final nadie aplaudió, todo el mundo permaneció sentado inmóvil, profundamente emocionado por la música, nos levantamos e hicimos reverencias, pero los presos nada, continuaron con la cara entre las manos... aquél fue el mejor público que nunca hemos tenido, comparable sólo con el de Oxford, donde tocamos el año pasado y todo el mundo vestía de frac, elegantísimo, y cuando acabamos de tocar Dvorák, Smetana y Janácek, los oyentes se limitaron a levantarse en silencio, las camisas blancas lucían dentro de sus fracs, nosotros delante de ellos, también de frac, hacíamos reverencias, ya nos íbamos, nos volvimos y el público nada, tan afectado estaba, aquella vez también tocamos el cuarteto que Dvorák escribió a la muerte de sus hijos, y De mi vida de Smetana, y un cuarteto de Janácek, tan profunda es la música, nuestra música, que tanto en Oxford como en la cárcel de Copenhaguen los oyentes no se atrevieron a romper la unión mística ni con un solo batir de palmas. Señores, ¿qué es la música en el fondo, qué es lo que tanto nos conmueve en ella? De hecho nada... o sea todo... Eso dijo el señor Ruis y todos nos sentimos tan emocionados que preferimos esconder la cara en las jarras acabadas de llenar.
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