Vino escondido maldita sangre
que se agolpa en la hiel del imbécil
el mar se revuelve en su entraña
y la dócil verdad me consume.
que se agolpa en la hiel del imbécil
el mar se revuelve en su entraña
y la dócil verdad me consume.
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| Fotografía de Sergei Maximishin |
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| Fotografía de Sergey Maximishin |
Nací en un oscuro pueblecito centroeuropeo que pintó Peter Brueghel el Viejo en 1556, cuando era joven. Todos los pueblos centroeuropeos del siglo XVI tenían apariencia de Belén, y todos los niños recién nacidos en toda época se parecen al niño Jesús. Hasta aquí todo perfecto. El problema se planteó mucho después; tras unos años viviendo fuera del idílico cuadro flamenco, comenzó a manifestarse en mí, con alarmante patencia, la necesidad de comunicar a los demás un estado del Ser que, si bien subjetivo, y sujeto por tanto a la inconsútil gasa trasparente del tiempo, era ya Ser con mayúsculas, es decir: asunción definitiva e inobjetable de una visión del mundo, limpia de polvo y nieve y paja y nube en el ojo ajeno y viga en el cristalino afán arquitectónico de sostener una idea, por loca o equivocada que fuese, pero sostenerla bien.En unos momentos aparecerá mi sobrino para felicitarme las fiestas de Pascua. Le haré, como siempre, la pascua, hurtándole la artificial felicidad homeopática en que vive, con la visión de un esperpéntico panorama de drama y miseria. Para esto último no se me ocurriría ser tacaño. Con la educación no se juega.
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| Pintura de Peter Brueghel el Viejo |
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| Fotografía de Gabriel Cualladó |
No es fácil ser rey en la monarquía de la opinión pública -pensó Alfonso - mientras salía por primera vez de su despacho de catedrático de derecho constitucional.Supo que, en adelante, la república de las letras, no podía sólo sostenerse sobre las magras patas del oligopolio editorial. Y se compró una hamaca de Jauja.La opinión pública fue adquiriendo insensiblemente un aspecto depravado y monstruoso, avejentado por el abuso de su constitutiva juventud: le brotaron tentáculos de mala baba rampante.Al cuarto día de ejercicio, Alfonso era ya un experto desconocedor de la realidad del país, cuyos conceptos manejaba con sumo cuidado de relojero, por una especie de pudor intelectual, ajeno al sentir general del pueblo llano.Leyó la historia de las leyes cardiales, la medular secuencia emocionada del mundo, en sus aspectos señeros, y supo que el hito histórico perece de ahíto intrahistórico.En la sexta jornada, volvió a la primera, donde, saliendo por primera vez de su recién estrenado despacho, pensaba en el delicado caso de la constitución de la ley, y de su efectivo imperio: suma de la imperiosa necesidad de la historia universal devorándose, saturnal, a sí misma, a sus hijos.En la séptima, certificó de manera científica la muerte de los predicadores, demostrando empíricamente que morirían infectados de su propio veneno.Que de esa picadura mortal, él podría también palmarla en cualquier momento, sepultado por el horrible peso del cefalópodo sabelotodo, móloc de la marihuana, excitante y fruitivo pulpo recalcitrante de la opinión pública, bífida, tránsfuga, liquida y nada.Noveno grado de necedad preternatural, por días que podrían contarse como años, y años en vías de disolverse en minutos, pero consciente de ser defensor de la legalidad frente a la cuestión clave de su vigencia.El término de la romería de profesor fue la corona de necio, que obtuvo en la madurez de su empleo, denostado por una minoría inmensa, épicamente ruidosa. Un rey republicano, como cada uno en su casa, y Dios en la de todos.
El vareador de burgueses amenaza tormenta. Bateará en la cabeza del humorista su última y mejor idea. Nueva manzana del paraíso: una pantalla de plasma donde la condensación eléctrica del tópico martillea el insomnio de los tristes. En vano la blandura apologética de la carne remozará frutos. En vano se hundirá la primavera en lúbrica ceremonia de flores. En vano lloraremos por la consunción del mundo pero, si nos deleita el apocalipsis, es por lo que tiene de divina comedia. Por un dolor insondable que duda. Y no duda en vano.
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| Kolaj de Rafa Cornejo |
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| Ilustración de Marco Legrati |
Debe de ser duro enfrentarse, en estos tiempos convulsos, a la realidad, con el sólo concurso de unas gafas de sol, un móvil de última generación, y la inveterada seguridad de que tu belleza afeitada te abrirá, con seguridad, la caja fuerte de la vida muelle, impecable copiloto de un maromo machirulo que te encofra en un plis plas un polvazo megalítico y con el que vas a cenar después de llevar al psicólogo el perrito yorkshire. Lo único que adoras con autenticidad. Esa cosita ridícula te mira con dos botones húmedos y nacarados por ojos, y te dice literalmente: guau. Pero no lo expresa de cualquier manera, no es un vulgar ladrido. Ese grito peliagudo y chillón te conmueve tanto que comprendes que la vida es difícil hasta para ti. Y ese es el momento en que te vas de compras aunque no necesites nada, y le compras a Panchito (el yorkshire) una piruleta en forma de corazón.