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Ahora
cuando me miro no sólo a mí mismo sino a los acontecimientos políticos
del mundo, me doy cuenta de que el arte es su reflejo. Goethe mismo
quiso ver a Napoleón y, sentado en su antesala en París, pudo comprobar
que ante Napoleón no sólo temblaban sus generales sino que, antes de
encontrarse cara a cara con el hombre que había sacudido Europa, también
él temblaba. Beethoven estaba tan entusiasmado con Napoleón y las ideas
que éste ponía en práctica, que en su honor escribió la sinfonía Heroica. Poco importa si la hizo jirones cuando Napoleón se hubo proclamado emperador. El Manifiesto comunista de
Marx se encontró reflejado en Mallarmé, que completó la frase de Marx
«cambiar el mundo» con la divisa poética moderna «cambiar las palabras».
Y hay que añadir que Rimbaud, el año 1871, llevó a término una
revolución de cuyo alcance era perfectamente consciente, y me parece que
no sólo en la forma sino también en el contenido de su arte; los
impresionistas arrancaron la mitología del mundo burgués. Hicieron la
pintura más humana, la acercaron al hombre corriente, alabando las
capitales y las muchedumbres que llenan sus calles. Creo que con su
naturalismo Zola purificó el mundo clásico hablando a favor del huomo qualunque. Y
Vincent van Gogh y Toulouse-Lautrec y Gauguin simpatizaron con la
transformación de la ideología burguesa en democracia. Me parece que Hojas de hierba, de Walt Whitman, apareció más o menos en el mismo año que El manifiesto de Marx, y diría que Las flores del mal de
Baudelaire van estrechamente unidas con el final del arte clásico que
dio paso a la poesía de la vida cotidiana hasta tal punto que le
acusaron y condenaron por haberse tomado demasiada libertad en su
expresión poética. Creo que con su cubismo analítico Picasso hundió la
poética burguesa clásica, aunque más tarde con frecuencia volvió a ella.
Y he aquí Edvard Munch y Egon Schiele y los dadaístas que pusieron en
práctica la consigna de Mallarmé «cambiar las palabras», y la de
Rimbaud: «cambiar la vida», y la de Marx: «cambiar el mundo». Y he aquí
que el grupo poético de los surrealistas participó, durante poco tiempo
pero profundamente, en la transformación revolucionaria del mundo:
posiblemente en aquella época nadie como los surrealistas iban más
estrechamente unidos a Marx y Lenin y Trotski y su revolución
permanente. Me parece que incluso yo mismo he participado en la ley del
reflejo de las ideas políticas y los acontecimientos políticos, y mucho
más de lo que suponía. El mundo perfumado, ese
libro que Teige escribió como manifiesto del poetismo, ese libro que en
1936, cuando me empezó a interesar la poesía, era la Biblia para mí,
pues ese libro también estaba influido por el concepto de modernidad de
Mallarmé y de Rimbaud.
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