Un espelunco ha sido visto palpando pelusombras en el cuartillo de la limpieza. Ya hablaremos otro día, con detenimiento, del espelunco, se la tenemos guardada.

Un espelunco ha sido visto palpando pelusombras en el cuartillo de la limpieza. Ya hablaremos otro día, con detenimiento, del espelunco, se la tenemos guardada.

La solemne ceremonia se celebró en un enorme auditorio con una reverberación de eco en el cañón del Colorado. El oficiante, ataviado con un terno de fantasía, desglosó un aforismo que retumbó sobre las cabezas de los asistentes, despeinándolos. Un gran jefe comanche sobrevoló al oficiante, orinando sobre su peluca un líquido oscuro que hizo prender en llamas los pelos de nailon de la peluca. Una señora de la primera fila falleció en el acto víctima de un déjà vu. El gran jefe indio fue abatido con un balazo en la frente por un apuesto número de la policía nacional. Un escalofrío de silencio recorrió la sala como alma que lleva el diablo y un niño, subido al podio del conferenciante, calmó los ánimos de todos, recitando un poema inédito de Pol Winter, que hablaba de hojas secas pisadas al galope por caballos sin cabeza y el crujir indolente de las rocas.Sobre el valor terapéutico de la cultura nunca se habla demasiado, aunque es un laxante de sobra conocido en todo el mundo. Esta miniconferencia está patrocinada por la famosa marca de sanitarios, Open.
En primer lugar hay que agarrarla con el dedo índice y corazón por la nariz. Por cualquier otro lugar se escurren. Las ilusiones dependen de su olfato. Luego de haber practicado un hoyo en la arena fría de la playa, colocarla ovillada en posición fetal y cubrirla con una de cal, y otra de arena.
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| Alma de cántaro. Colage de Al Juarismi |
La literatura es el sello indeleble. La verdadera vida soñada. El espejo que nos devuelve al centro de las cosas. Aquí está el ordenador, mi querida máquina, muda como una niña a la que he manipulado engañándola con chucherías subliterarias, duras algunas como litera de barracón militar, y otras, en exceso afectadas de una mal atendida pulcritud bastante moña, de escritor virtual aceptado por la logia bloguera en calidad de mosca cojonera de honor.
En medio del camino hay personas importantes para mí, certeras plumas del desengaño que aún no han perdido un verbo dantesco, de sublime belleza muy próxima al infierno, sin esperar prebendas de gloria celeste o el inusitado respaldo de alguna editorial digital, en cuyas manos estas palabras se convertirían en emulsiones conceptuales desprovistas de sentimiento y de razón.. Muertos maniquíes asexuados, en la rendición a lo voluble. Palabras segregadas de la vida como una flor de su jardín nativo. Puestas en una maceta junto a la fotografía de un antepasado horticultor.
Para las pelusombras la llegada del otoño es un revuelo de intimidades dolientes que se esconden en los dobladillos de los pantalones o huyen con frenesí de mustélido hacia sus madrigueras tras algún montón de libros olvidados. La lluvia las convierte en un pequeño amasijo de pendejos, hilos de coser, pelusa, y a veces algún amuleto extraviado en un rincón de casa, o chinchetas, condecoraciones de los reyes del pop. La pelusombra ama el vestigio decadente. A la vieja veterana pelusombra, la única superviviente de cuando se desbordó la bañera, a ella no le importa mojarse un poco bajo la maceta de yerbabuena.
| Veterana pelusombra recitando a la luz de la luna. |
Con apariencia femenina, el afrodito trata de captar sensaciones poéticas valiéndose de una mirada colapsada por el exceso de sugerencias. Es el confesor de intimidades en el Gran Lago de las Uvas Calientes, donde cada tarde van todas las palomitas pop a mirarse en el espejo de su propia inocencia, y a contarle al afrodito (speculanda ocularis) todos los pequeños pecados de adolescente que han cometido durante la semana. Este ser, construye con las confesiones de las palomitas pop un barquito de papel, que envía por correo al Seminario Espiritual de Tulandia, donde se estudia el comportamiento de la fauna bucólica del país. Con frecuencia sufre ataques por parte de cabritontos y primos comunes, que se acercan pensando que posee una vulva humorística. En su lugar descubren una planta carnívora donde han sido capados muchos. Por esta razón, el Comité Nacional de Control de la Población, ha decidido conceder al afrodito una pensión vitalicia, como regulador permanente de la natalidad.
Como poeta no es muy apreciado, aunque sus composiciones desprenden un cierto aroma a hoja seca y quebradiza que provoca en las moscas de la uva una excitación nerviosa conocida con el nombre de mosqueo, y que acaba afectando anímicamente a grandes partes de la población de Suavia. La mancomunidad del Priorato de Uvas Calientes ha decidido envasar esta excitación nerviosa y utilizarla como refresco en las fiestas populares.
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| Colage de Al Juarismi |
Un señor se puso un crepúsculo por sombrero y empezó a irle muy bien. Hasta que el sombrero perdió el color y su vida se convirtió en una oscura madrugada sin término. Entonces resolvió resguardar el crepúsculo entre los senos de una señora de edad aproximada a la suya, pero el crepúsculo se convirtió en un mediodía radiante y tampoco le servía, ya que ese tipo de sombreros deslumbran. Persuadido por la señora de los senos cenitales introdujo muy suavemente el crepúsculo en un buzón de correos, con cuidado que la tapa de la boca del buzón no le cayera en la espalda al atardecer, ya que tienen la espalda muy frágil, y volvió al día siguiente, a la hora en que el servicio de correos recoge los sacos. Pero no sabía como dirigirse al empleado de correos, ¿cómo decirle que esperaba encontrar un sombrero dentro del saco de los envios postales?

Imposible sin pasar por loco. Así que se abalanzó sobre el perplejo funcionario y de certera pedrada en la sien lo dejó inconsciente en el suelo y se llevó el saco a su casa, donde con tiempo y un cigarrito miraría pacientemente la metamorfósis del crepúsculo en un sombrero hecho de espístolas familiares, alguna foto de polaroid, cartas a una tal Teresa y mucho papel de periódico. Como es un hombre de poco espíritu, no tiene inconveniente en pasearse por el bulevar de su ciudad con él. La gente le alaba el gusto.
El niño sabio no es autóctono de la madre que lo parió. Quién podría dar a luz a una criatura cuya cabeza es tres veces mayor que su cuerpo. Se cree que es originario del Bosque vegetativo de Tulandia, una enorme masa forestal, en cuyo subsuelo se generan las más diversas especies de tubérculos. Es poco frecuente que sobreviva al asedio de los jabalíes y otras bestias que hozan el suelo en busca de trufas y apetitosos cerebros. Cuando se encuentra uno con vida se le traslada rapidamente al Museo de Ciencia Naturales de Tulandia, donde se le habilita un despacho con un ordenador personal y unos grandes contenedores repletos de hojas muertas, lombrices, poemas cursis y otros deshechos del otoño. El niño sabio (parvus sapientíssimo) una vez se adapta a su nuevo hábitat, enciende el ordenador y se dedica a escribir en un lenguaje indescifrable, larguísimos estudios críticos sobre la naturaleza de la energía cósmica, así como farragosos tratados de gramática.
Obviamente toda esta sabiduría ya está superada en la Mancomunidad del Priorato de Uvas Calientes desde que se implantó la educación por microchip, sin embargo los archivos del niño sabio, permiten aún a las tríbus mancomunadas mantener una especie de tabú sobre el aprendizaje de sus hijos, según el cual, no hace falta hacer ningún esfuerzo para aprender. Curiosamente, se ha descubierto hace poco un pasaje en el que el niño sabio diserta sobre la necesidad de eliminar por completo de los métodos pedagógicos tulandeses, la palabra motivación, dice así:
" Por completo chiflados por los colores, una pena de niños. Gominola mala, eso no son lombrices. Cada uno su esfuerzo importantísimo, antes de jugar, antes de saltar a otra cosa, no son cerebros lo que criáis, son trufas."
Los científicos no logran descifrar estas sencillas palabras, pero por precaución han sido eliminadas las visitas guiadas de colegios al despacho del niño sabio, podría ser una influencia negativa. Quitarles para siempre las ganas de instruirse: ¿cómo un ser que sabe tanto, se permite decir estas cosas sin haber cursado siquiera la educación básica? Se preguntan todos en Tulandia, incrédulos.
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| Collage de Denis Dubois |
"El artista debe estar siempre con aquellos que padecen la historia, no con los que la hacen".
Albert Camus
Gran consternación en la Bolsa de Valores. Por uno de sus costados, abertura por donde se descuelgan los intestinos gruesos del aparato mercantil. La limpiadora ya está avisada, probablemente huirá. El espectáculo es lamentable, se han corrido unos biombos-pantalla digitales que emiten sugerentes paisajes y sanatorios de la tercera edad, para impedir la visión del marrano de jamones dorados. Aquí una pelusombra no sobreviviría ni un minuto.
| Dibujo de Al Juarismi |
Si no va usted afeitado o incluso el pantalón se le mete un poco por debajo del tacón del zapato ponga cara de actor americano bajito tipo Dustin Hoffman y finja estar muy preocupado, acérquese y tropiece un poco: hágale una pregunta, escuche la respuesta sin interrumpir (dar las gracias siempre opcional) y circule. Bajo ningún concepto rodée al policía silbando distraído y/o portando una bolsa estampada.
Es muy importante saber que una pelusombra jamás se alojará en nuestras gargantas, que sólo a veces se permiten un oscuro gemido inevitable. Cuando la pelusombra oye algún gemido moreno de ser humano se alegra, se le eriza la pelusa del lomo y se apresura con una jovialidad no exenta de intimidad doliente a tomar el sol. Obviamente no saben leer, pero son igualmente encantadoras.
El señor existencialista que no quiere renunciar a sus privilegios de clase no puede sin embargo soportar el exceso de información al que lo someten diariamente en la oficina sus subalternos, es por eso que acude a una sesión semanal de inhibidor de conciencias con objeto de ir disolviendo un pequeño coagulo de rabiosa actualidad que le ha salido en el lóbulo parietal izquierdo.
Cuando sea completamente eliminado el ruidoso bultito el señor existencialista ya no padecerá esas terribles migrañas que le impiden acudir con normalidad a las reuniones de amigos, donde se habla de política y otras cuestiones ociosas. Aunque está fuera de peligro, se teme que pueda reproducirse el estupor, si no sigue con la terapia de choque. Es muy recomendable el inhibidor para dirigentes de partidos progresistas y amantes de los animales, que suelen acumular una gran tensión informativa en la sien.
Como coger una guitarra por la parte que más le duela, así la toma de conciencia fuese un enchufe de ideas conectadas a la corriente de opinión, nos quedaría este lavado de cerebro general que tenemos encima, patrocinado por las pastillas de jabón IGNORANCIA DOCTA de luxe.
Queremos ver a Hitler haciendo el paso de la oca por la ribera del sagrado Betis, quién sabe si dispuesto a dar un buen golpe de cornetín en las orejas meridionales de esta patria de Carmen, la jueza del amor romántico muerde un clavel...celebraremos con champán su llegada a un mundo completamente capitalizado por el electroencefalograma plano de unos fascios aún más pudibundos, por enemigos del diálogo, un nacismo con c de nación que empobrece tanto las cabezas que las torna jíbaras. Queremos verlo y preguntarle que tal aspecto tenemos, si no nos ve peor.
Seguramente nos respondería sin tabúes, eso sí, estaría en los huesos como aquellos judíos que sufrieron el yugo de la intolerancia: pero qué hay del PANÓPTICO que no deja de observarnos, reconciliándonos sibilinamente con nuestro pasado las 24 HORAS.
¿No vivimos ya todos en un campo de concentración?O que pudiésemos estar ajenos siquiera a este vivalavirgen. Esto sería lo mejor.
Con respecto a Cortázar, y quitando el cronopio que es un ser entrañable; el húmedo romanticismo del saxofón, empañado en la niebla de alguna populosa ciudad repleta de espectros, habitada por el fantasma insomne de la prisa (excepto en algunos jardines para vagabundos donde ocurra el milagro del amor), por culpa, digo, del timbre melancólico de corazón de payaso del saxofón o del tenor que lo plañe: la novela romántica se termina hoy aquí.A partir de ahora hablaré en otro tono, de violín apoyado en un tanque, de billete de bus con la fecha borrada para siempre. Si en algún momento me concedí una lágrima, la pagué justamente en su doble de humor, alzando mi copa vacía, apurada la hez hasta el fondo, con objeto de levantar la tapa del water y descubrir allí, en su piscina cubierta, una pelusombra. Llevan el pelo recogido en un gorro de plástico con una margarita gigante en la zona del parietal.
| Pelusombra en traje de baño. |
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| Artefacto de Nicanor Parra |
Los Países Bajos, un país ideal para nacer, allí se idolatra todo lo pequeño. Cuando mis padres nos trajeron a España definitivamente el cambio fue como de estar en un jardín lleno de tulipanes de colores a verte en medio de una plaza de toros con el astado a punto de salir y la gente tosiendo un poco. España aún era en blanco y negro y en la calle donde vivían mis abuelos sólo había un televisor en una casa, que se llenaba por las tardes de vecinos. El color blanco esperanza de cal de las fachadas dañaba la vista, nosotros que veníamos de casitas de colores y guarderías con columpios, nos adaptamos pronto sin embargo a la crudeza ibérica, sobre todo porque por parte de mi padre, que tenía muchos hermanos, la familía se multiplicó por tres y eran gente joven, el tio Juan con su Derby último modelo al estilo de Ángel Nieto nos daba unos paseos guapos, nos regalaron unos coches a pedales estupendos y a mí me tocó el modelo nouvelle vague, un citrôen monísimo que luego me vi en las fotos y parecía François Truffaut el día de su comunión. Aquella España de la transición en la que aparecimos como niños privilegiados, nos tenía preparadas muchas sorpresas, por ejemplo los grillos y las bolsas de pipas, para los primeros fabricábamos unas guillotinas con trocitos de madera y cuchillas de afeitar que la abuela Rafaela se ponía mala de vernos, con las bolsas de pipas nos hacíamos unas tiras largas que nos servían de cometas y corríamos detrás de las niñas para levantarles la falda, cosas todas que ahora están prohibidas porque nunca ha habido tantas cosas prohibidas como ahora aunque luego de mayor me enteré que por aquella época existía la censura franquista que era algo así como que el policía español si te pillaba en la frontera con un libro de Sartre te lo confiscaba pero para leérselo él, porque había una necesidad brutal de cultura.
Fue llegar aquí y entrar al cole, prácticamente no me dio tiempo ni de saludar a la familia y me sentaron en un pupitre con un tintero seco, yo hacía el alumno número cuarenta de la clase porque se comprende que venía de lejos y no me iban a poner por mi cara bonita el número uno. El profesor era un señor muy mayor, veterano del Desastre de Annual, manco, así que podíamos tirarle todo lo que queríamos a la espalda cuando se volvía para la pizarra, ahora que si te has quedado manco en la guerra yo creo que desarrollas una especie de indiferencia saludable a todas las gamberradas de los mocosos, y él era así, una persona tranquila que no se inmutaba y a la hora de la verdad, con esa voz de tanque alemán, pausado pero seguro, lograba inculcarnos un respeto a las matemáticas y a la lengua que te cagabas. Así me pasó a mí, que un día, absorto como estaba en las explicaciones del profesor y aún sintiendo que tenía unas ganas locas de mear, me esperé y me esperé y acabé orinándome en los pantalones por no interrumpir la explicación de don Atanasio. Nadie quiso creerme excepto él. No pasé vergüenza porque yo sabía que la mayoría de los que estábamos allí más tarde o más temprano nos mearíamos en los pantalones y a lo mejor no por una causa tan buena como la mía, así que me volví esa tarde con los pantalones hechos una pena y una peste que no se me acercaban ni las cucarachas pero con la cabeza bien alta y mi abuela para recompensar ese acto de gallardía intelectual me puso un hoyo de pan con aceite y una jícara de chocolate.
Sí, el sillón o el sofá eran esos lugares de privilegio donde dormitaba la abuela, que parecía muchas veces ella misma un mueble amable, una sonrisa de oreja a oreja del sillón con su piel tan blanca y sus pequeñas manos de cuidadora de los niños bien, y sobre todo con su pelo blanco que parecía se lo había dejado así una nube de bondad al pasarle por encima de la cabeza y aunque era una señora muy cristiana yo nunca la vi descomponiéndose como una bruja sin escoba por los pasillos a causa del libertinaje, la bebida, las drogas, las fiestas y todas esas cosas que nuestros padres cuando nosotros no teníamos uso de conciencia aprovechaban de vez en cuando para hacer, ellos tenían un cámara de super-ocho con su correspondiente pantalla y proyector y dos maletines, uno para nuestras películas y otro para las de adultos, veíamos Tom y Jerry, La Pantera Rosa, todo era bastante aburrido hasta que un día, con la confusión de no meter las cintas en su sitio, mi padre, cuando teníamos seis años puso una película que se llamaba Blancanieves y los siete enanitos, pero se conoce que puso la versión para las personas con conocimiento de causa porque a mi hermano y a mí aquello nos pareció muy poco interesante porque salían los enanitos blandiendo unas porras con las que azotaban impunemente a Blancanieves, martirizándola sin venir a cuento y le perdimos el interés pronto, justo un poco después de que mi padre, colorado como un tomate la cambiara por el cuento de Los Tres Cerditos, con el que aprendimos algo de arquitectura y albañilería y como funcionan las agencias inmobiliarias, todo esto claro no lo supo nunca la abuela y si se enteró alguna vez, seguramente fue aquella ocasión en que se cayó rodando por las escaleras de caracol la pobre y se puso tan malita que estuvo a punto de repatriarse pero no nos llevaban a verla no fuese a ser que nos asustáramos de ver a aquél ángel del señor a punto de ascender a su gloria a través de las sábanas blancas del sanatorio, cosas de los padres que creen que a los chiquillos con esas edades tempranas nos importa realmente la salud de la abuela ni del presidente Kennedy, por cierto que cuando pusieron las imágenes del magnicidio en el televisor nos reímos mi hermano Curro y yo (que me llamo Lolo) porque el tal presidente parecía dentro del coche una marioneta en manos de su esposa y daba risa de verlo bambolearse como un tentetieso, luego con el tiempo hemos aprendido la gravedad de los magnicidios y del maltrato animal y la conveniencia de no ponderar los acontecimientos políticos de la Era Contemporránea a la buena de dios...
pero por aquella época de mocosos todas esas efemérides eran para nosotros algo de lo más normal y creo que las saludábamos con un sano buen humor que ahora por desgracia se ha perdido debido a la increíble estupidez con que la opinión pública, que siempre es como el hermano mayor y tonto de la familia, ejerce sobre el resto de sus congéneres uniformando ridículamente las conciencias, en aquella época nada, con un rigor estupendo por ejemplo ya con diez añitos cuando salían los payasos de la tele y decían aquello de "cómo están ustedes" le respondíamos "fatal, peor que nunca" y nos reíamos a carcajada limpia y nos parecía inconcebible que fuesen tan subnormales y nosotros tan listos y por eso esa gran deuda de gratitud que todos los niños de nuestra generación debemos tener con Fofó and company, porque nos hicieron ver muy pronto la tontería tan gorda que tenían encima todos los payasos del mundo aunque no llevasen una nariz roja postiza: a partir de entonces todo aquel que se acercara a nosotros con una sonrisa congestionada o suavona a decirnos pero qué niños tan guapos cómo estáis ya era sospechoso de ser un imbécil y todo gracias a Fofito.