Llevo unos días desalmado. Un ataque contemplativo de fotografías me ha dejado sin habla y temo que el alma, esa gran fugitiva, se ha refugiado en una instantánea del recuerdo. Como la Beatriz de Dante ha descendido al inframundo de la ilusión y me ha dejado compuesto y sin novia. Esta vez no puedo recurrir a la policía, en vano he de buscarla fuera de casa cuando se positivamente que está aquí, que me mira impasible y bella, con su cara inocente o pícara, qué más da, me está observando tras la linea indolora del pasado y aunque la tenga delante no la veré. Quizá sea en este retrato de la abuela Juliana, tan joven, donde se ha agazapado para tomar unas merecidas vacaciones tras el ajetreo a la que la he sometido desde que comenzó el año. Todo el día atribulada en disquisiciones poéticas, maquinando artefactos sutiles del intelecto. Qué pocos momentos de tranquilidad le he dado, pobre, cómo ha debido sufrir acompañándome por los vericuetos absurdos del ser atormentado que soy, hallando siempre una digna solución emocionante a las turbadoras miserias personales que acumula este esqueleto lector.

Para recuperarla he de seducirla, así que he pensado que la mejor manera será salir a pasear por el mar. A ella le encantan los paraguas. Creo que ve en ellos la viva imagen de aquellos tiempos en que era seguro pertenecer a un cuerpo de escritor, de aquella época anterior a las grandes guerras europeas en que los escritores aún se podían permitir ciertas delicias existenciales y andaban en busca de una renovación formal. No como ahora, que todo es una ridícula carrera contra el tiempo.





























